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miércoles, 22 de febrero de 2012

-Pobre tipo.

-Con las manos en la masa.
-La muerte tiene una paciencia limitada. En este caso, limitada al interior de su caja.
-Cuando subió, la desescombró y la abrió...
-Después de todos sus años -ahora que ha muerto todos esos años son suyos- se quedó con lo que había en la caja. Verás cómo los de la científica nos dicen que tocó todos los objetos por una última vez. El tesoro de un hombre es lo que atesoró de niño, antes de empezar a ocultar sus tesoros en otras partes. El niño guarda, el hombre esconde.
-Pobre tipo.
-La muerte nos vuelve a todos paupérrimos.
-El asa de una tacita de porcelana... un billete del metro de Londres... una nuez... Yo me como una nuez todos los días, dicen que es bueno.
-¿Bueno para qué?
-...
-Hace veinte años que estoy empezando a hartarme de esta profesión.
-Pero mientras tanto siguen esperando que investiguemos.
-Que les den por culo.
-Tranquilo, ya me ocupo yo del papeleo, jefe.

lunes, 30 de enero de 2012

-De un planeta lejano.

-Pero... ¿qué te has hecho en el pelo?
-No quiero ser la típica rubia que entra al despacho del detective para dar comienzo a la trama.
-¿Las morenas también pueden hacer eso por un relato negro?
-Calla, no pierdas el tiempo, que tu secretaria cada vez tarda menos en almorzar.
-Llámame sentimental, pero antes de que te quites la falda me gustaría que me besaras, rubia.
-...
-...
-Puedes seguir.
-Ayúdame a dejar atrás a la que era.
-No volveré a llamarte rubia. No sé si puedo hacer algo más.
-Gracias.
-Haré como si no me importara que pretendas ser una morena artificial.
-¿Sábes de dónde viene eso de monte de venus?
-De un planeta lejano.
-¿Te gusta cómo me ha quedado?
-Es inquietante.
-Más inquietante es ser morena arriba y rubia abajo.
-¿Sí?
-Deja de mirármelo. Ven.
-...
-No temas, sabe igual que siempre.
-Eso lo tendré que decir yo, morena.
-Date prisa. Tu secretaria...
-...
-no tardará...
-...
-en llegar...


martes, 24 de enero de 2012

142.

-Hizo el amor tres veces en la 142. Después, hizo el crimen. Sólo una vez. Las matemáticas del amor y la muerte. La culpa apareció oculta bajo una cifra indescifrable en el avión que lo llevaba de regreso. O lo traía al exilio. Tal vez la cara de la azafata tecleó el número que escondía la palabra a-n-o-c-h-e. Los ojos de la azafata. Él no veía la hora de llegar. No la veía por ninguna parte. Tal vez la hora de llegar había quedado olvidada en la habitación del hotel. Seguramente, una de las chicas que limpian -o uno de los forenses que limpian- ya la habrían encontrado. Y se la había quedado. Lo que para unos es ocultación de pruebas, para otros es un adornito para la mesilla de noche. 
-La mujer del asiento de al lado, la del 7B, pensando lo siguiente: Los hoteles me excitan. Tantas horas del día fuera del hotel, tantas horas con la idea caliente de volver para volver a hacerlo. Todo el tiempo preguntándome por qué he venido sola hasta aquí. Me caldean sobremanera las habitaciones de hotel. Lo hago mal. Lo hago sola. ¿Qué mira este tío?
-Hizo el amor tres veces en la 142 y ahora va a pedirse el segundo whisky. Las gradaciones de la temperatura y el alcohol.
-La mujer del asiento de al lado coge la revista de Iberia. No tiene ningún interés en hojearla. Es una especie de acto reflejo tendente a abandonar la idea de que lo ha hecho todo mal y acabará peor porque si en algo confía es en su poder de seducción. Piensa lo siguiente: Mi vida es una mierda. ¿Qué coño hago yo intentando ligar con un borracho. Iremos a un hotel. Me excitan.
-Hizo el amor tres veces en la 142 y sonríe a la azafata antes de abrir la boca para decir esta boca es mía. Y calla para siempre, porque sabe que cualquier cosa que diga, después de decir Un whisky, podrá ser usada en su contra en el juicio final. 
-La mujer del asiento de al lado mira su reloj y no ve la hora. Antes de retirarse, la azafata le pregunta a la 7B si necesita algo con una sonrisa que dibuja una puerta. La mujer la mira a los ojos y le contesta abriendo la puerta en silencio.
-Antes de entrar, los tres miran el número de la puerta. Él sonríe para sus afueras.

viernes, 6 de mayo de 2011

-Qué pieles tan blancas.

-Ya lo ve. Una de ellas tumbada sobre la cama. La otra, sobre el sillón. Ambas impúdicamente muertas, semi desnudas o semi vestidas. Las dos con la tendencia congelada de hacerse una con la moqueta. Completamente elegantes. Muertas en blanco y negro. La de la cama en negro. La del sillón en blanco. Poco rojo. Sólo -perdón por la cursilería algunas veces leída, pero no me resisto a decirlo así- pequeñas flores rojas abriéndose a la altura de sus corazones. Y esas leves guardas rojizas en las paredes.
-¿Arma blanca?
-Blanca y negra, ya se lo dije.
-¿Sabemos algo del móvil?
-El de la dama de negro sonaba cuando llegué. El de la de blanco, puede verlo aún, apresado en su mano. 
-El gerente dice que las cámaras del hotel han atrapado al asesino.
-Sólo falta discernir entre los cientos de abrigos de solapas levantadas, gafas negras, sombreros.
-Por algún sitio habrá que empezar.
-Empiece usted. Yo me quedo en esta habitación hasta que llegue el juez. Con ellas. Esperando que la seda siga su curso. Tengo todas mis esperanzas puestas en los cuellos de sus blusas. Deslizándose camino de su perdición perdida.
-Qué pieles tan blancas.
-...
-Lo dejo solo, entonces.
-Me deja usted en la mejor de las compañías.

martes, 16 de marzo de 2010

-¿Íntima?

-¿Qué tenemos?
-¿Además de la última entrada?
-Sí, además de la entrada póstuma de su diario personal.
-El mensaje en el buzón telefónico.
¿Cuál, el que le dejaron o el que dejó?
-Tenemos los dos. Sólo que el que le dejaron era banal, un recordatorio de algo que debía comprar. Cereales, creo recordar.
-Bien.
-Las dos fotos hechas trocitos.
-Conocía la del marco, los cristales rotos, el pedazo que contenía el ojo y el hombro de ella en la taza del váter.
-Ésa y otra más pequeña, en color, de una Polaroid, más íntima.
-¿Íntima?
-Sí, ya sabes, íntima es la nomenclatura que adoptan las fotos porno cuando son hechas para uso y disfrute de la pareja.
-Ya.
-Cuando no nacen con ambición comercial.
-Sí, vale, ya te entendí.
-...
-¿Y en su blog encontraron algo?
-Nada. Hacía meses que no colgaba nada.
-Colgar, vaya verbo.
-¿Eh?, sí.
-¿Algo más?
-El cuchillo, claro.
-La sangre y las huellas en el cuchillo. Las gotitas sobre la alfombra.
-Nada más.
-Pues...
-Está claro. No hay caso.
-¡No hables como un poli, joder!
-...
-¡Hostias!
-...
-Como un fiscal de esos de las series.
-...

viernes, 4 de diciembre de 2009

-Palabras mayores.

-La gente mata por razones sólidas.
-Te entiendo.
-La frase no es mía.
-No importa.
-Es de Chandler. O de Hammett. Los confundo.
-Al ser negros los dos.
-¿Cuándo dices que me entiendes, te refieres a que aceptas que tu destino es el que voy a infligirte?
-Entiendo tu reacción, y te conozco: me gustaría saber cómo hacerte desistir. Porque uno se acostumbra a no perder la vida. Pero sé que no te ahorrarás esa bala.
-Tengo que hacerlo, Bloch.
-Crees que debes hacerlo, Suárez. Y es muy difícil luchar contra las creencias personales.
-Imposible.
-Espero que también la entiendas a ella.
-La quiero, no me pidas, además, que la entienda.
-También es verdad.
-Arrodíllate.
-Preferiría tumbarme.
-De acuerdo. Dame tu nuca, con el resto de tu cuerpo haz lo que quieras.
-Así, boca abajo. Bien.
-Yo también prefiero no mirar, pero me sobrepondré: quiero ser certero.
-Gracias por apuntar bien.
-No te preocupes.
-Haz un esfuerzo por perdonarla. Tiene las piernas tan largas que es inevitable que comiencen en tu cama y acaben en la mía. Sus extremidades canalizan una pulsión extrema. Nada puede hacer ella por contener el impulso de llevarse algo a la boca, si me permites la expresión. Hay una humedad ancestral que pugna por ser sofocada.
-Es una zorra.
-Qué bien se te dan las metáforas, Suárez.
-Gracias, Bloch.
-Sólo piensa que el amor no es algo que estuviera en juego.
-¿El amor? ¿ Cómo se te aocurre que yo...? El amor es dar lo que no se tiene a alguien que no es.
-¿Chandler?
-Lacan.
-Palabras mayores.
-Creo que es de Lacan. No me hagas caso.
-De acuerdo, Suárez.
-¿Algo más?
-No, está bien así.
-Pues...
-Siempre supe que moriría un viernes, amigo.
-¿Esa es tuya, no?
-Sí. Para un final.
-Está muy bien para tu final, Bloch.


martes, 15 de septiembre de 2009

-Ningún tipo.

-¿Vosotras qué erais?
-No hable en pasado, por favor.
-¿Amigas?
-Compañeras de habitación.
-Sólo durante el verano.
-Sí. Este verano, y el anterior.
-¿Dormíais solas?
-Sí, las dos, aquí.
-¿Las reconoces?
-Sí.
-¿Eran suyas?
-Tiene un sujetador a juego.
-¿También lo llevaba puesto?
-Siempre va con la ropa interior a juego.
-¿Qué más sabes de ella?
-…
-¿No salíais juntas?
-A veces.
-¿Anoche?
-No.
-¿Habías discutido?
-¿Qué? No. No discutimos. ¿Por qué íbamos a discutir?
-No sé, las amigas discuten, a veces.
-Nosotras no.
-Ajá.
-No éramos amigas.
-Pero teníais bastante intimidad. Todas las noches. El verano pasado. Este.
-Trabajamos aquí, en el mismo hotel. Éramos compañeras de trabajo. Compañeras de habitación.
-¿Íbais a la playa por la noche?
-A veces.
-¿Dórmíais allí?
-¿Dormir? No.
-¿Dormíais juntas aquí?
-¿Juntas?
-Sí, juntas.
-Compartíamos esta habitación. Esa es su cama. Esta, la mía.
-¿Tenía novio, tu amiga?
-No.
-¿Novia?
-No. No lo sé.
-¿Y tú?
-¿Yo qué?
-¿Tienes algún tipo de pareja?
-Ningún tipo.
-¿Tenéis amigas entre las otras animadoras del hotel?
-Yo no.
-¿Y ella?
-Ella es más… abierta.
-¿Te molesta que ella sea más abierta?
-Me da igual. No somos amigas.
-No te vayas muy lejos, ¿vale?
-Trabajo aquí. No me iré hasta que acabe el verano.
-No te molesto más, por hoy.
-¿Cree que la encontrarán?
-¿Viva?
-Sí.
-¿Estás segura de que llevaba el sujetador a juego?
-Segurísima.
-No te molesto más.

lunes, 20 de julio de 2009

-No estoy tatuada.

-Discúlpame, pero, sinceramente, no me creo que no estés tatuada.
-¿Perdone?
-Puedes tutearme. También puedes no hablarme, claro.
-Te tuteo una vez para decirte que no quiero hablarte.
-Estupendo. Si no me lo aclaras seguiré pensando que tienes algún tatuaje. Y sé dónde.
-Tengo algún novio y ningunas ganas de seguir con este juego.
-No quiero incomodarte, y si no te importa que siga pensando que estás tatuada, continúo leyendo mi libro y no te molesto más.
-No estoy tatuada.
-Bien. Seguiré leyendo. Callado. Otorgando que me has dicho la verdad.
-Me da igual que no me creas. Lo importante es que sigas con tu libro.
-Carver.
-...
-Deberías leerlo.
-Conozco a Carver.
-Nadie conoce a nadie. Yo, por ejemplo, creía conocerte un tatuaje que dices no tener, en un sitio que -eso sí que no puedes negármelo- tienes.
-En la espalda, muy abajo, tengo tatuado un nombre.
-Que empieza por la letra erre.
-Sí...
-Me llamo Raúl.
-Raymond. Tengo tatuado Raymond.
-Por Carver, claro.
-Qué sabrás tú.
-Y tú nunca sabrás lo que sé.
-Deberías seguir leyendo a Carver.
-¿Cómo te llamas?
-Debo irme.
-Estaré aquí cuando vuelvas de Londres.
-No viajo a Londres.
-Claro, claro. Y yo no tengo tatuado tu nombre en mi brazo.
-Claro que no.
-Tengo ventanilla. Si quieres te la cambio por tu pasillo.
-No viajo a Londres.
-Tampoco yo, señorita Carver, tampoco yo.
-...
-Supongo que también te gustará Chéjov.

miércoles, 8 de julio de 2009

-No todo el mundo vale para esto.

-Sigo sintiéndome capaz, pero necesito tiempo.
-Creo que se te ha acabado el crédito.
-Lo he intentado, con todas mis fuerzas.
-Hay que hacerlo, en ese punto se acabaron los ensayos.
-¿Qué te han dicho?
-Imagínate.
-¿Están muy cabreados?
-Es tu segundo fracaso.
-Yo soy el primero al que le jode no responder a las expectativas de la cúpula.
-Hablas demasiado. Le das demasiadas vueltas.
-Lo sé.
-No eres un intelectual.
-Lo sé, lo sé, soy un hombre de acción.
-Que no se atreve a apretar el gatillo.
-Latente. Hombre de acción latente. Está dentro de mí. Queriendo expresarse. Queriendo salir para servir a la causa. Soy un fanático. Dentro de mí hay un soldado. Un soldado desesperado por poder hacerlo.
-Tus fracasos nos han puesto en evidencia y en peligro a todos nosotros. ¿Dónde ha acabado Carlos después de lo que hiciste el mes pas
-¡No dejo de pensar en eso! Cada noche. Por eso debo redimirme.
-¿Redimirte? Hablas demasiado. Lo de ayer es imperdonable, no van a dejar que
-¡Lo tenía! Has visto cómo le apunté.
-Claro que lo vi. Y él también te vió. Se dio la vuelta, supo que medio segundo antes le estabas apuntando a la nuca, y también supo que no podrías.
-Cuando me miró lo tenía encañonado entre los ojos. Hubiera causado el mismo efecto que en la nuca.
-Pero lo miraste, sí, ya me lo repetiste veinte veces.
-Ese ha sido mi fallo, mirarle a los ojos.
-Por favor, eso es una ñonería. Déjalo, déjalo, por el bien de todos nosotros.
-He aprendido. Sé lo que no tengo que hacer.
-Te ha reconocido. Y esos dos que estaban al lado también. Desaparece. Y no vuelvas.
-Uno aprende de los errores.
-Esto no es una academia. A ese momento hay que llegar aprendido. Acabaste abrazado a aquél árbol, vomitando.
-Por favor, diles que lo haré, que la próxima vez lo haré. Dentro de mí hay un soldado. Sólo quiero liberarlo. Por favor, ¿qué será de mi vida si no consigo liberar al soldado?
-No todo el mundo vale para esto.
-Pero él sabe, mi soldado me dice cada noche, todas las noches, que ha nacido para esto. Para redimirme un día, un día epifánico en el que sabré por fin cuál es mi cometido en esta vida, aunque la pierda al instante siguiente. Es un fanático que vive para salir de mí y liberarnos a todos de la opresión a que nos some
-¿Epifánico? ¡Joder! Hablas demasiado.

jueves, 2 de julio de 2009

-Tres mil ahora y tres mil después del trabajo.

-¿La tienes?
-¿Y tú el dinero?
-Claro.
-Es de mi abuelo. Una garantía. La cuida más que a la abuela.
-Pero el no sabrá que
-No, claro. Deberías confiar más en mí.
-¿Te parece que confío poco? Eres el único que lo sabe. Eres mi brazo ejecutor.
-Por eso. Deberías confiar en mí, y en mi abuelo.
-Tres mil ahora y tres mil después del trabajo. Ten.
-De acuerdo. Gracias.
-Pero no quiero que lo dejes inválido, ni en coma. Si respira, aunque sea lo único que pueda hacer, me devuelves esos tres mil.
-Tienes un problema, tío. Un problema de confianza. Una amistad no se puede cimentar en
-Oye, que tú mucha amistad pero me estás cobrando. Y una pasta.
-Lo primero que debe saber un amigo es separar los negocios de la amistad.
-Déjalo. Hazlo. Hazlo bien.
-El arma de mi abuelo no me permitirá fallar.
-¿Qué pistola es?
-Una Luger.
-Pero...
-La tiene cuidadísima. La mima más que a mi abue
-Esa la usaban los alemanes en la segunda guerra mundial.
-Y en la primera. La de mi abuelo es de la primera.
-Joder.
-Tranquilo, pongo las manos en el fuego por mi abuelo.
-Tú no me conoces, ¿vale? Si no lo consigues, si te pillan, si
-Yo a ti no te conozco de nada. ¿Somos amigos o no somos amigos?
-Joder.
-La confianza es la base de la amistad, tío.

jueves, 18 de junio de 2009

-Tu verdad está en la morgue.

-Hay momentos en los que no puedes no mentir. Hay momentos en los que es inevitable decir la verdad. Ahora, por ejemplo, no puedes seguir mintiendo. Te va la vida en ello.
-No estoy obligado a declarar en mi contra. Pero tengo absurdos principios que me obligan a decir la verdad, y mi verdad siempre declara en mi contra.
-Tu verdad está en la morgue.
-Y tu mentira no ha podido evitarlo.
-Todas estas palabras, esta palabrería...
-Lo habéis leído todo. Todo está ahí.
-Son sólo diarios.
-Mi diario, libretas, las servilletas. El mensajito en la botella. Habéis arramblado con todo. Con toda mi verdad por escrito.
-Eso no prueba nada. Prueba que dejas ficciones por ahí.
-Por cierto, espero que me devolváis todos mis papeles: no tengo copia.
-Se hará lo que dictamine la ley, los protocolos. Soy un policía íntegro.
-¿Y me llamas mentiroso? Para ser un poli íntegro hay que ser un mentiroso ímprobo.
-No te pongas chulo, escritor de mierda, y confiesa de una puñetera vez.
-¿Estás grabando este interrogatorio?
-Estoy haciendo lo que tengo que hacer.
-Es que confesando soy mejor por escrito.
-Pues escríbela.
-Ya está escrita. ¿Cómo coño tengo que decírtelo?: mi confesión está en esos textos que me habéis robado.
-Son pruebas, y no te los hemos robado.
-Pues no tengo nada más que decir que lo dicho en esos folios.
-Estoy perdiendo la paciencia.
-Peor es lo mío, que estoy perdiendo mis escritos.
-Son pruebas.
-Yo ya me he confesado.
-No has dicho nada.
-No has entenido nada. Y no has entendido porque no basta con saber leer. Además, hay que saber leer.
-Te pudrirás aquí dentro.


lunes, 8 de junio de 2009

-Al menos está claro que ha sido un suicidio.

-Era especial. Para mí lo sigue siendo.
-Muy especial. Lo supe cuando murió.
-Su muerte ha sido su mejor especialidad.
-Después de cinco años aún nadie se pone de acuerdo.
-Ninguno de sus amantes puede hacer prevalecer su versión del hecho sobre la de los demás.
-Es por ese énfasis vano que ponen en seguir queriéndola después de muerta.
-Por seguir poseyéndola, más bien. Eso no tiene que ver con el amor.
-Sí, tiene que ver con el amor propio de los amantes. ¿O tú no quieres de ese modo a tu mujer?
-Espero que mi mujer muera de muerte natural. Serena y natural muerte después de mi muerte, también natural y serena.
-Como comprenderás, ella no podía morir de ese modo.
-No, ella no soportaría defraudar a ninguno de sus tres amantes.
-Está bien, es muy literario, pero no creo que ellos quisieran que ella acabará así. ¿Por qué no puedes pensar que la querían bien -tan bien como tú quieres a tu mujer- y deseaban para ella una muerte igual de mansa y quieta como la que tú deseas para la tuya?
-Porque eran tres relaciones enfermas. O literarias, como dices tú. Cada uno de ellos la quería para sí, eran rivales. Por eso insisten en que tenga la muerte que ellos han decidido.
-Al menos está claro que ha sido un suicidio.
-Acerca de eso no hay dudas. ¿Crees que ellos hubieran soportado que ella muriera por otra vía?
-¿Tú con cuál versión comulgas?
-Con ninguna.
-¿Defiendes una cuarta vía?
-Sabes que sí.
-La versión uno: se disparó un tiro en el corazón. La versión dos: se envenenó en la cama. La versión tres: se cortó las venas en la bañera.
-La versión cuatro: los dejó para siempre esperando en el bar y desde hace cinco años duerme conmigo.
-Te olvidas que han encontrado su cadáver en la casa.
-¿Tú lo has visto?
-No, claro que no.
-Y tú olvidas que han hallado con vida los cadáveres de sus tres ex amantes sentados a sendas mesas del bar.
-¿Tú los has visto?
-Cada día. Ella y yo los vemos cada día al despertar. No es agradable, pero haciendo el amor cada mañana conseguimos hacer soportable la escena.
-Estás como una cabra.
-Y tú te mueres de envidia: ella siempre te ha gustado.
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