jueves, 15 de octubre de 2009

-De la última cena.

-No conduzco por carretera alguna sacando el brazo por alguna ventanilla.
-La publicidades tienen un lejano parecido con la realidad remunerada de los publicistas de éxito.
-Yo me creo que bebiendo ese whisky las mozas me merodearán.
-No me cabe ninguna duda.
-No hay más que comprobar el poder limpiador del lavavajillas a quien nadie es capaz de distraer de tan concentrado que está en lo suyo.
-Limpiando los restos.
-De la última cena.

miércoles, 14 de octubre de 2009

-Esto no lo lee nadie.

-Preferiría no hacerlo.
-Pues no lo hagas.
-Me obligo a tres o cuatro por semana.
-Esto no lo lee nadie.
-Gracias.
-Nadie echará de menos no encontrar nada hoy.
-Ni ayer, ni anteayer.
-Eso es. Nadie echará de menos no volver a encontrar nada.
-Creo que alguien, tal vez, perciba la sequía.
-No te preocupes por eso.
-Me preocupa mi sequía.
-Date una ducha.
-Tengo que colgar una entrada. Hoy.
-Escribe lo primero que se te ocurra.
-Siempre escribo lo pirmero que se me ocurre.
-Eso es mentira.
-O lo segundo.
-¿Y el dibujo? ¿La sequía llega a tu tableta gráfica?
-Puedo colgar alguno de los que ya tengo hechos.
-¿Aunque nada tenga que ver con la entrada?
-¿Qué entrada?
-Es cierto.
-Tengo un perrito y una chica desnuda.
-Cuelga la chica.
-Vale.


jueves, 8 de octubre de 2009

-Todas las fantasías sexuales son largamente acariciadas.

-Se trata de una fantasía sexual largamente acariciada por mí.
-Todas las fantasías sexuales son largamente acariciadas. 
-Esta, entonces, amor, muy largamente acariciada.
-Lo del trío ha sido un fracaso.
-Lo reconozco. En parte fue mi culpa, como bien sabes y sé que sabes. En parte por esa chica y su empeño en centrarse en
-Vale, vale. Ya sabes por qué ha fracasado. Por qué todas fracasarían.
-Discrepo, amor.
-El ámbito natural, el lugar sano en el que deben vivir y desarrollarse las fantasías sexuales, ese reducto en el que las largas caricias pueden ir y venir largamente a lo largo, ancho, y dentro de ellas, es, precisamente, el de la fantasía. Parece obvio. Es obvio. ¿Por qué te empeñas en sacarlas a pasear?
-Sólo una. Quiero sacar a pasear una de mis tantas fantasías. Y contigo. Quiero sacarla a pasear contigo. En este caso no habría terceras personas. Ni terceras tetas.
-Es imposibe. Además de ilegal. Es irrealizable. Además de inviable.
-Si irrealizable e inviable no son sinónimos...
-Sabes que me encanta ese lugar. Lo mucho que disfruté cuando estuvimos allí. Lo que significó y significa haber estado en esa habitación. Ese rato ya es inolvidable. Forma parte de la iconografía imborrable de nosotros como pareja.
-Así es. Sólo nos falta hacerlo sobre el diván.
-No puedes estar hablando en serio.
-Estoy deseando en serio, amor.
-Es como allanar la propiedad privada. Allanar la historia. Es como echarle una lata de pintura a la Gioconda.
-Lo dejaremos tal y como está.
-¿Cómo podría quedar como está después de haber follado sobre él? Nada quedaría igual después de eso. Debes admitirlo.
-Siempre alabas la increíble ausencia de arrugas cuando hago la cama.
-Eres muy buena alisando. Soterrando los rastros de la noche. Pero esto es diferente. Es imposible.
-No veo la imposibilidad por ninguna parte. Prometo soterrar como nunca.
-No.
-Conocemos la dirección.
-El número 20 de Maresfield Gardens.
-Los horarios. Tenemos el dinero para viajar. Londres es una ciudad que nos encanta. Disfrutaríamos de nuestra estancia.
-Ni siquiera voy a considerarlo.
-Hampstead es un barrio precioso. Además, podríamos pasar la noche en el museo y por la mañana visitar la parte norte del barrio. Nos debemos una visita a lo alto de la colina de Hampstead Park.
-Jamás accederé a cometer esa locura. Fracasaríamos. Nos frustraríamos.
-¿Qué mejor lugar para frustrarse que el diván de Freud?
-No insistas.
-Tienes la sexualidad aún más pequeña que el sexo.
-¿Eh?


miércoles, 7 de octubre de 2009

-Por fin un juguete roto sin paliativos.

-El boxeador –si es que los boxeadores, como los toreros o los diputados, de algún modo, siguen siéndolo aunque ya no lo sean- es atropellado por un autobús. A la salida de un partido en la cancha de Independiente de Avellaneda. Agoniza largamente sobre los adoquines. Pide que no lo dejen solo. Muere en un hospital del sur de la provincia de Buenos Aires. Fue, a un tiempo, Mono y Tigre. Los señoritos del ring-side lo despreciaban rebajándolo hasta primate. Para ellos era el Mono Gatica. Para la popular, para el pueblo -esa masa deseosa de supuestos malos ejemplos para tomar de ejemplo- en cambio, era el Tigre Gatica. En la memoria popular, paradójicamente, pervive como el Mono. Tal vez porque la derecha, a la larga, siempre se sale con la suya. El Mono fue un juguete roto.
-Por fin un juguete roto sin paliativos.
-Lustrabotas. Empezó peleando por unos pesos rápidas peleas regladas por una ordenación sin cláusulas escritas. Tres rounds en un tugurio, territorio de marineros desgajados del mar y putas adheridas a paredes pintadas de humedad.
-Al grano.
-Cuando le presentaron a Perón, Gatica le dio la mano diciéndole “Dos potencias se saludan”. De la mano del entonces presidente, Gatica llegó a Estados Unidos. Ike Williams lo facturó de vuelta desde el Madison Square Garden estampillándole tres expeditivos sopapos. Perdió el favor oficial, pero no el fervor popular. Escenificó junto a Alfredo Prada -que sí llegó a campeón argentino y que cuando se bajó del ring podía ir al banco a interesarse por sus ahorros- una especie de extraña amistad. En empate cerraron su estadística de golpes: ganaron tres peleas cada uno. Aunque El Mono perdió la última de las seis. Volvió a la villa miseria a empezar a cerrar el círculo. Prada puso un restaurante y le pagó a su viejo rival por dejarse humillar a la puerta del local, exponiéndolo como abrepuertas. Algunos le dejaban unas monedas de propina como antes le  habían dejado insultos y gestos de burlas simiescas desde las filas más cercanas al ring. Otro “amigo”, Martín Karadajián, empresario y luchador que regentaba una troupe de luchadores de catch –toda mi infancia y adolescencia viendo en la tele las peleas de Titanes en el Ring con todo su batallón de luchadores: El Mercenario Joe, El payaso Pepino, el
-Perdón, mejor guárdate a los titanes estos para La hora de la Nostalgia, un blog que, por lo que veo, no deberías tardar en inaugurar. Cómo estamos…
-El fotógrafo oficial de Karadajián y su mundo era el padre de un compañero de clase, a mis diez u once años.
-¿Ya?
-Por otras cuatro monedas, Karadajián representó otra derrota parodiando la parodia del Mono roto. Karadajián le ganó la farsa de pelea. Una inundación se llevó su chabola. El agua de los pobres empeñada en borrarlo todo. El Mono, años después de cobrar por perder, y mientras apenas si ganaba para sobrevivir, murió en la calle. En más de un sentido murió en la calle. El último músculo de su dignidad rogando que no lo dejaran solo. Tenía treinta y ocho años. Seguro que llovía lentamente. Treinta años más tarde, Osvaldo Soriano escribió una semblanza sobre su vida que hay que leer, como todo lo escrito por Soriano.



martes, 6 de octubre de 2009

-Te pongas como te pongas, son juguetes rotos.

-El boxeador le aguantó diez rounds a Alí. Hasta que no se aguantó más en pie. Recuerdo haber visto la pelea por la tele. Antes, le había hecho besar la lona -no pude resistirme a escribir esa expresión- a uno de los más grandes boxeadores de la historia. Poco, pero lo tiró. Lo llamaban Ringo. Encarnaba la versión tópica –muchas veces paródica- del porteño. Un poco la imagen que tienen en España de “lo argentino”. Para ser menos injusto habría que hablar siempre de “lo porteño”. Me parezco poco al boxeador. Pero tal vez lloré cuando ya no se pudo levantar a tiempo. Ringo era de Parque Patricios. Entrenaba en el club Huracán. Yo fui centenares de veces a jugar al fútbol a Parque Patricios, frente a Huracán, del que fui socio durante algunos años. Íbamos a la piscina y después a comer pizza a El Globito. Cerca, en el mismo barrio, con mi amigo, frecuentábamos el cine Rivas. Sesión continua. Ya no está. Ya no están. Ni el cine ni el amigo. Aunque para entonces el boxeador ya no se entrenaba en Huracán, o yo nunca lo ví. Aún no lo habían asesinado.
-Otro juguete roto.
-No exactamente.
-Todos tus juguetes rotos parecen estar en el límite de lo roto, o en el límite de lo juguete. Nunca son exactamente.
-Sí, son tipos limítrofes en más de un sentido.
-Te pongas como te pongas, son juguetes rotos.
-Dos frases del boxeador: 1. La experiencia es un peine que te dan cuando te quedás pelado. 2. Cuando suena la campana te quedás solo. Te sacan hasta el banquito. Su familia tenía, y tal vez siga teniendo una funeraria en Parque Patricios. La regentaba un hermano. Tuvo fama, dinero, mujeres, Mercedes, y ese lujo hortera –allá diría grasa- con el que se embadurnaban los triunfadores de barrio. Seguía yendo a comer los ravioles del domingo a casa de su madre con la tranquilidad de que nadie, ninguno de los pibes que jamás conseguirían despegar, le harían un mínimo arañazo al cochazo inalcanzable aparcado en su casa de siempre.
-Estamos subiendo. Ahora viene la caída, ¿no? El típico recorrido del valle a la cima y de la cima a bajo tierra.
-El dueño de un burdel de Reno, el Mustang Ranch –continúa funcionando-, lo mandó a matar. El tipo se llamaba -continúa llamándose- Joe Conforte, nombre de mafioso difícilmente superable. El asesino, Willard Brymer, salió de rositas. (Shakespeare escribió el destino de todos nosotros. Después, un día, un sicario o uno que va por libre se encarga de ejecutarlo.) Los hechos permanecen en la nebulosa legal y literaria. Parece ser que Ringo se estaba tirando a la mujer del mafioso.
-Tirando no me parece una expresión muy apropiada. Es machista.
-Tirando es apropiadísima. Sexo. Infidelidad. Celos. Venganza. Etc. Todos los componentes de una buena o mala tragedia. De una buena o mala novela o película. La vida misma. La misma muerte.
-Vas de la pretensión literaria a la pretensión ensayística, al reportaje, a la pretensión sin pretensiones.
-Voy. El boxeador estaba casado, en Argentina. Tenía hijos. A su vez se había casado con una camarera del Mustang Ranch. Se había ti-ra-do a la mujer de Conforte. Desconozco en qué orden. Vivía en una casa rodante. Se lo cargaron a las seis de la mañana. (Siguiendo los designios establecidos por Shakespeare.) Joe Conforte está huido -¿puede uno estar huido?- de la justicia de EEUU. Vive en Brasil. ¿Qué habrá sido de la esposa del dueño del burdel? Tengo un cartel anunciando la pelea con Clay. Lo compré en un mercadillo de San Telmo. Es un souvenir de mi infancia.


lunes, 5 de octubre de 2009

-Un juguete roto.

-El boxeador tenía por mote El Intocable. Bajaba la guardia. Las manos sobre los muslos. O a las espaldas. Ofreciendo su cabeza. Los rivales no daban con ella. Los exponía al ridículo. Solían quedar como peleles. Como torpes atletas del desacompasamiento. No bailaba como Alí, aún siendo un peso welter. Se desplazaba poco. Sólo su cintura, su cabeza iba y venía huyendo de golpes que dejaban en el aire fugaces líneas cinéticas. Como en una viñeta de cómic. Acabo de volver a ver retazos de sus peleas en Youtube, y de comprobar que la mitificación continúa teniendo su irreprochable correspondencia con la realidad de aquel entonces. Fue campeón mundial. El doce de diciembre –el día que yo cumplía seis años- del ’68. Dicen que antes de la pelea se quedó dormido mientras le daban un masaje. Lo despertaron para subir a pelear. Después de nueve rounds, el rival japonés, desquiciado, desistió de seguir tirando zarpazos a la nada circundante. Defendió cinco o seis veces el título. Hasta que uno sí que encontró su cara. Su última pelea antes de retirarse fue una velada patética en un hotel de Bariloche –recuerdo haberla visto por la tele. Mientras él peleaba contra no sé quién -un paquete cómodo- la gente cenaba en mesas dispuestas alrededor del ring. Se hicieron chistes con las gotitas de sudor regando los platos de los comensales.
-Un juguete roto.
-No diría tanto.
-Un juguete roto, me encanta esa expresión.
-Nunca estuvo en la indigencia. Recuerdo una entrevista en la revista Goles. Vagamente. Tenía una mueblería. No se había convertido en un empresario más o menos exitoso. Eso sí. No tenía por qué, claro. La guita que había ganado la fue perdiendo en negocios volátiles. Más tarde leí que le habían asignado una subvención. No sé si vitalicia.
-Pues ya me dirás si eso no es un juguete roto.
-Recuerdo que se le entendía con mucho esfuerzo. Parecía como si jamás se quitara el protector bucal. Era de respuestas cortas. No creo que reflejo de una inteligencia corta. (¿Sus reflejos en el ring eran muestra de una cierta forma de inteligencia, o una inequívoca expresión instintiva?) Tenía fanáticos desatados. Otros lo criticaban porque le faltaba pegada. Porque interpretaba el boxeo de un modo “femenino”. Como si un torero utilizara el estoque sólo para rascarse la espalda. Evitaba las carnicerías. Chico Novarro incluyó un verso delicioso en una de sus canciones, una especie de tango más o menos moderno: Total esta noche, minga de yirar/que hoy pelea Loche en el Luna Park.
-Minga de yirar se podría traducir como paso de perder el tiempo por ahí.
-Algo así. Del gimnasio, cuando no le quedaba más remedio, entraba y salía arrastrando los pies. Nunca dejó de fumar. Murió en el 2005. Yo era fanático de El Intocable.
-Siempre te han gustado los juguetes rotos.
-Pesado.


viernes, 2 de octubre de 2009

-¿Más añicos pasados?

-No lo recuerdo con exactitud, pero todas las anécdotas ocurrieron entre los siete y los once años. Más o menos. Me estrellé contra la puerta de cristal. Se hizo añicos -los cristales no se rompen, se hacen añicos-. Mi cara no. Mi padre al otro lado, en la calle, puso cara de inevitabilidad. Todo porque corrí a abrirle la puerta, a recibirlo, y no pude frenar a tiempo. Rompí una enorme botella de aceite.  Llena. También la hice añicos. En el patio colindante al taller familiar de confección de pantalones en el que trabajaban mi madre y mi padre. Ella se mostró menos comprensiva que mi padre. No era de cristal -sino de cerámica, o material similar- la lámpara de pie que hice añicos al pretender cambiar de lugar, no recuerdo el motivo. Pero a efectos de este recuento de objetos desmenuzados en objetitos informes por mi torpeza o la de otros, cuenta como el cristal. Mi madre encarnando la imagen viva de la tragedia. Pegando ambos los pedacitos. La rearmamos y si no pretendías verla en detalle, apenas si se notaba que alguna vez la lámpara se había hecho añicos. Más cristal. Los sifones de soda, por aquél entonces, eran de cristal. Luego tuvieron una protección plástica o metálica. La chica que limpiaba, cargada de sábanas para colgar en la terraza, pasó junto al montón de sifones dispuestos ordenadamente en el descansillo de la escalera. La punta de una sábana tiró uno de los sifones que se hizo añicos escalones abajo. Explotó y un trozo de cristal viajó por el aire hasta morir sobre la mesa en la que yo dibujaba o escribía, mientras veía a ¿Ana? subir las escaleras. Mis reflejos me alejaron de la silla, de la mesa...  de la herida. Perdón por el remate exageradamente dramático.
-¿Más cristales?
-No recuerdo más cristales.
-¿Más añicos pasados?
-No por hoy.



jueves, 1 de octubre de 2009

-Y dejar las drogas, en serio te lo digo.

-Desaparecer.
-Sí, el suicidio es muuuy literario. Te pega todo el suicidio. Hablar, escribir acerca de él, romántico malditismo, blablablá...
-No entiendes. Desaparecer. Mezclarme con las cosas hasta hacerme invisible. Disolverme pero estar. Estar en todas partes.
-Dejar las drogas, ese debería ser tu cometido en la vida. No es muy literario, pero es que no quisiera que acabaras siucidándote.
-Estar donde no estoy. En todas las partes en las que no estoy. Ser todos los que no soy. Es un lastre tener mi historia, mi cara, mi pasado. Hacerme presente en todas y cada una de las... partículas exteriores a mí.
-Y dejar las drogas, en serio te lo digo.
-¿Cuándo me has visto drogarme, imbécil?
-Discreto si que eres.
-Lentamente. La lentitud es esencial. Pretender que se tiene toda la vida por delante es necesario. Reparar en cada minúscula situación. En cada cosita. Ser cabalmente consciente de cada paso que das.  Atento a los detalles. Todo son detalles. No hay más que detalles. Apreciar las posibilidades de ser un observador solemne. El matiz del matiz.  Las ventajas de una contraventana que no cierra. La luz que se filtra y te permite ver y no ver a un tiempo. Así durante el inexplicable, el inabarcable tiempo que sea necesario. Hasta desaparecer felizmente. Hasta conseguirlo por fin.
-Escribe, anda, escribe. Vuelvo más tarde.



miércoles, 30 de septiembre de 2009

-Empiezo a cansarme.

-Volver a nacer.
-Claro. ¿Quién no?
-Eso es lo que necesito.
-Empiezo a cansarme.
-Tener una experiencia fronteriza.
-Por favor.
-Un acontecimiento que me haga otro. Algo que modifique mi pasado y por tanto mi futuro.
-Perder la memoria, claro.
-Tener otra memoria.
-Si quieres te doy en la cabeza con una maza, como en los dibujitos animados. Pierdes la memoria y cuando hayas escrito algo que merezca la pena te doy otro mazazo y vuelves en ti.
-Yo también empiezo a cansarme, ¿vale?



martes, 29 de septiembre de 2009

-Hoy juega el Barça.

-¿Qué voy a querer?, lo que quieren todos los escritores que pretenden vérselas a cara descubierta con la literatura, con el mundo, con la poesía: nombrar las experiencias que todos conocemos, o creemos conocer, pero hacerlo de un modo desconocido, novedoso, propio.
-Ya. Ahora vas a derramar sobre mí el chiste del mundo interior, me lo veo venir.
-No volveré a repetirte que tengo un mundo interior, pero está dentro de alguien que no soy yo.
-Bravo. ¿Ya estás más tranquilo?
-Es una pretensión vana.
-¿Conseguir un estilo o que dejes de contarme tus pretenciosos cinco chistes de siempre?
-Oye: la amistad se cimenta sobre pilares menos sólidos de lo que
-Hoy juega el Barça.
-...
-¿En tu casa o en la mía?
-...
-¿En mis cuarenta y dos pulgadas o en tus veintiuna?
-¿Qué llevo?


lunes, 28 de septiembre de 2009

-No puedo dejar de escribir.

-No quiero ser un escritor.
-Estás consiguiendo tu objetivo.
-Pero me temo que la mejor manera de llegar a ser un escritor, es no pretendiéndolo.
-No sé si lo pretendes, pero lo intentas. Tú escribes.
-No puedo dejar de escribir.
-Bien. Entonces lo conseguirás. Es decir, no lo conseguirás.
-Eso es lo que quiero. Ser un escritor que no quiere serlo. Así lo seré.
-Que estos juegos de palabras no salgan de aquí. Por favor, hazte ese favor.


jueves, 24 de septiembre de 2009

¿Ya estábamos juntos?

-Lo conocí cuando aún estaba bien. Aunque ya se drogaba, todavía no había caído en las drogas. Era guapo y vital. Sexualmente muy activo. Insaciable. Era muy divertido. No podías estar con él y no reírte, no sonreir.  Tenías que quererlo. Yo, además, no pude evitar amarlo.
-¿Tus ex novios llevaban bien que les hablaras así de tus ex novios?
-Cuando lo dejé, y créeme que me costó casi toda mi salud hacerlo, creí que me tenía merecido el castigo que me sobrevendría por cometer el sacrilegio de alejarme de un ser cómo él. Una no puede blasfemarle así a la vida y quedar impune.
-Pues haberte quedado.
-Pensé en volver. Lo pensé durante mucho tiempo después de habernos separado.
-¿Ya estábamos juntos?
-¿Juntos?
-Por favor, no me pidas que te defina juntos.
-Ya nos conocíamos. Ya nos habíamos acostado unas cuantas veces. Creo que, incluso, ya nos habíamos decepcionado un poco. No sé desde cuándo estamos juntos.
-Ve.
-No, no tiene sentido. No tiene ningún sentido para mí. Ni para él.
-No me importa.
-Sí, te importa. Por eso te agradezco que finjas que no te importa.
-No tienes nada que agradecerme. Lo comprendo.
-Que descanse en paz.
-Vale, pero si quieres ir, darle el pésame a su ex, no sé, un rato.
-...


miércoles, 23 de septiembre de 2009

-Aprendo rápido.

-Estoy desencantado contigo.
-¿Desencantado?
-Sí.
-¿Dónde aprendiste esa palabra?
-Cuándo la aprendí, querrás decir.
-¿Cuándo?
-Cuando supe que no podría hacer nada por evitar aprender de ti cosas que no quiero saber, papá.
-Tan joven y ya desencantado.
-¿Tan joven? No creerás que este es mi primer desencantamiento, ¿no?
-No, claro.
-Aprendo rápido.
-De todos modos, te quiero.
-Yo también. Faltaría más.
-¿Faltaría más? ¿De dónde sacas esas expresiones?
-Mamá lo dice mucho. De ahí, supongo.


martes, 22 de septiembre de 2009

-Intenta dormir.

-¿Pero qué?
-No lo sé, algo.
-Pero...
-Si lo supiera no sería un presentimiento.
-Haz un esfuerzo, venga, es tarde.
-Tú también deberías estar preocupado.
-¿Por qué?
-¿Te lo tengo que repetir? También tiene que ver contigo.
-No te preocupes por mí: yo no tengo ningún presentimiento.
-No lo entiendes. Por eso puedes dormir.
-Estoy cansado, simplemente, por eso puedo.
-Algo va a pasar. Nos va a pasar.
-Tranquila, nada malo puede ocurrirnos.
-No rebatas lo que puedo presentir, porque ni yo lo sé.
-Intenta dormir.
-Mañana el presentimiento se revelará,  entonces sabremos cuán grave era para ti y para mí. Mañana lamentarás haber dormido mientras yo me helaba rodeada de mi presagio. ¿Qué harás con toda esa culpa mañana?
-Mañana no ocurrirá nada malo. Sólo que tendrás mucho sueño por haber dejado que te embaucara una idea estúpida.
-El estúpido, el desalmado, eres tú. Tal vez mañana seremos otra cosa, y lo único que haces al respecto es darme la espalda.
-Necesito dormir.
-Eres afortunado. Yo no sé qué certeza necesito para dejar de presentir.
-Inténtalo. Intenta dormir.
-¿Estarás aquí cuando despierte?
-No preguntes tonterías.
-¿Y yo, estaré cuando tú despiertes?
-Por favor, amor.
-¿Cómo puedes estar tan seguro de todo?
-...
-No sé cómo puedes.


lunes, 21 de septiembre de 2009

-Más allá.

-¿Y qué es aquello?
-¿Aquello? ¿A qué te refieres?
-A eso. Todo eso.
-No sé. ¿El mar, te refieres al mar? Eso es el mar.
-No, te pregunto por aquello. Más allá del mar.
-¿El horizonte?
-Más allá.
-No sé a qué te refieres. ¿El cielo?
-Más allá, mucho más allá.
-El universo.
-No. Más.
-¿La nada?
-¿La nada?
-¿Preguntas por lo que está más allá, más, y más allá?
-La nada, sí. No sigas. La nada está bien. Me gusta que se llame la nada.
-La nada entonces, hijo.
-Volvamos siempre a esta playa, papá.
-Claro.
-Nada.
-...
-¿Podemos cambiarle el nombre a la gata?
-...

viernes, 18 de septiembre de 2009

-Jamás antes leído en el metro.

-El vagón estaba semi vacío. O semi lleno, sí, antes de que lo digas.
-Ya no me dejas ni acotar.
-Todos íbamos sentados y quedaban asientos sin ocupar. La gente leía, pero de eso me di cuenta cuando el tipo del impermeable desfasado, el sombrero percudido y la antigua maletita de cuero marrón claro se levantó de su sitio y se sentó al lado del señor que estaba casi exactamente frente a mí, leyendo a Bradbury. Un hecho a todas luces excepcional: nadie lee a Bradbury en el metro.
-Osada afirmación, si me permites, que ya sé que no.
-El de la maleta le sonreía descaradamente al lector de Bradbury, quien tardó un instante en desconcentrarse y en mirar la sonrisa del hombre de la gabardina, quien hurgó en su maleta y extrajo un libro. El desconcertado Bradburyano vio esa acción de reojo, pero enfrentó su mirada al comprobar que el viejo  no dejaba de blandir un libro a esacasos centímetros de su cara, invitándole con descaro a que reparara en él. Yo también lo hice. Era una colección de cuentos de Arthur Machen, con la portada bastante maltratada por el uso. El hombre del sombrero hizo que Bradbury cogiera el libro de Machen. Lo consiguió sin emitir sonido. Comprendí enseguida que se lo estaba regalando, y que después de un ligero gesto que mezclaba amabilidad, agradecimiento y no puedo aceptarlo, Bradbury lo cogió. Entonces el viejo se levantó maleta en mano y fue a sentarse a la vera de la chica que leía a mi lado. Reparé en que la chica leía -no puede ser, pensé- a Cheever: Crónica de los Wapshot.
-Te extrañó sobremanera que una mujer leyera a John Cheever en el metro, claro.
-Sobremanera. La chica no había observado lo que acababa de ocurrir frente a sus ojos hacía un momento, con Bradbury. Eso, o disimuló muy bien. El del sombrero puso sonriente ante los ojos de la chica un ejemplar usado de Catedral, de Raymond Carver. La chica levantó la mirada de Cheever y la posó en Carver, y, enseguida, en el señor Maleta. Hay sonrisas que convencen a la primera, se sobreponen a todo, deshacen malentendidos, seducen hipnóticamente. La chica Cheever tenía ya en sus manitas una Catedral. El viejo de los libros pareció incorporarse con apremio. Se dirigió hacia la puerta donde, apoyado contra una de las hojas de la misma, un chico, un joven, leía Vidas minúsculas, de Alfred Polgar.
-Jamás antes leído en el metro.
-Leído en el metro algunos años atrás por mí. El tren comenzó a desacelerar, a entrar en la estación de La Latina. Cuando se abrieron las puertas, el chico, además del de Polgar, tenía otro libro en sus manos: La habitación del poeta, de Robert Walser, sin contraportada, me pareció. Cuando se cerraron las puertas, el viejo caminaba sonriente por el andén en dirección a vete a saber dónde. El señor Bradbury, la chica Cheever, el chico Polgar y yo, el Iletrado Imperdonable, lo seguimos con la mirada hasta que el túnel nos tragó otra vez. Te juro que así fue como ocurrieron las cosas. Tardé dos estaciones en darme cuenta de que también yo tenía que haberme bajado en La Latina.
-Muy bonita la historia.
-No sabes cuánto lamenté no llevar un libro en las manos.
 -Demasiado bonita.
-¿Qué me hubiera dejado el de la maleta si me hubiese visto con el Doctor Pasavento, de Vila-Matas, por ejemplo?



jueves, 17 de septiembre de 2009

-Hoy no te pillo.

-El bosque está lleno de lobos solitarios que no se hablan. Se dicen con las miradas que son lobos solitarios y que o comprendes lo que te está diciendo ese chispazo fugaz de su ojos, o ahí te quedas, lobo solitario de mierda.
-Alegóricos estamos.
-Cuando entres en el bosque y veas a los lobos mirarte, ya me cuentas.
-Hoy no te pillo.
-Hoy se cumple otro aniversario de tu no pillarme.
-Joder.
-Los lobos solitarios fundarán un subrepticio sindicato en el que agruparse en manadas de lobos que se ignoran. Pondrán la primera piedra en un claro oscurísmo del bosque. Allí podrán intercambiar sus miradas solitarias sin que nadie les sugiera que, en el fondo, necesitan encontrar a alguien a quien rendir su soledad para siempre.
-¿Te encuentras solo?
-...
-¿Te encuentras mal acompañado?
-...
-¿Buscas loba?
-...

miércoles, 16 de septiembre de 2009

-A veces se nota que no hay método.

-¿Cómo lo haces?
-No hay método. Me siento y empiezo.
-A veces se nota que no hay método.
-Bien.
-A veces no se nota demasiado, lo que no quiere decir que me guste.
-Te comprendo. Ahora, por ejemplo, se puede apreciar que estoy tanteando, como caminando en penumbras: quiero encontrar el camino, y al mismo tiempo, procuro no golpearme la cabeza contra algún escollo.  Dura unas cuantas líneas.
-Se nota, sí.
-Lo notas porque acabo de decírtelo, si no, no te enterarías.
-No subestimes mi capacidad de ver la telaraña casi imperceptible en la que entretejes lo que escribes.
-Lo de telaraña casi imperceptible, perdona que te lo diga, es...
-Claro, pero si se te hubiera ocurrido a ti y lo leyera en tu blog, te inquietaría un poco que no te dijera que me ha gustado.
-Puede ser.
-...
-Poco futuro parece tener este diálogo.
-Tira de método. Ah, claro, que no tienes.
-Monólogos. Se me dan bien. Debería probar con los monólogos.
-Cabrón.

martes, 15 de septiembre de 2009

-Ningún tipo.

-¿Vosotras qué erais?
-No hable en pasado, por favor.
-¿Amigas?
-Compañeras de habitación.
-Sólo durante el verano.
-Sí. Este verano, y el anterior.
-¿Dormíais solas?
-Sí, las dos, aquí.
-¿Las reconoces?
-Sí.
-¿Eran suyas?
-Tiene un sujetador a juego.
-¿También lo llevaba puesto?
-Siempre va con la ropa interior a juego.
-¿Qué más sabes de ella?
-…
-¿No salíais juntas?
-A veces.
-¿Anoche?
-No.
-¿Habías discutido?
-¿Qué? No. No discutimos. ¿Por qué íbamos a discutir?
-No sé, las amigas discuten, a veces.
-Nosotras no.
-Ajá.
-No éramos amigas.
-Pero teníais bastante intimidad. Todas las noches. El verano pasado. Este.
-Trabajamos aquí, en el mismo hotel. Éramos compañeras de trabajo. Compañeras de habitación.
-¿Íbais a la playa por la noche?
-A veces.
-¿Dórmíais allí?
-¿Dormir? No.
-¿Dormíais juntas aquí?
-¿Juntas?
-Sí, juntas.
-Compartíamos esta habitación. Esa es su cama. Esta, la mía.
-¿Tenía novio, tu amiga?
-No.
-¿Novia?
-No. No lo sé.
-¿Y tú?
-¿Yo qué?
-¿Tienes algún tipo de pareja?
-Ningún tipo.
-¿Tenéis amigas entre las otras animadoras del hotel?
-Yo no.
-¿Y ella?
-Ella es más… abierta.
-¿Te molesta que ella sea más abierta?
-Me da igual. No somos amigas.
-No te vayas muy lejos, ¿vale?
-Trabajo aquí. No me iré hasta que acabe el verano.
-No te molesto más, por hoy.
-¿Cree que la encontrarán?
-¿Viva?
-Sí.
-¿Estás segura de que llevaba el sujetador a juego?
-Segurísima.
-No te molesto más.

jueves, 10 de septiembre de 2009

-Esas cosas no se piden.

-Es la sexta vez que lo hacemos, y nada.
-Tienen otro tempo.
-Pues mi tempo es oro.
-Nosotros los tíos parcializamos, pero la totalidad es más que la suma de las partes.
-Ella parte y reparte y después de seis veces sigue quedándose con la mejor parte, sigue sin darme esa parte que tanto le gusta a esa parte de mí que necesita que una parte de la relación se base en que ella le haga eso a mis partes.
-¿No pones en práctica estos juegos de palabras cuando estáis en la cama, no?
-¿Cómo se te ocurre?
-Ni se te ocurra. Los tíos somos más pornográficos. La pornografía se basa en el primer plano, en dejar fuera de plano el resto. La pornografía huye de la totalidad. Como tú.
-Haces que suene como algo malo.
-No me hagas caso, es que leí algo así hace unos días, no sé dónde. Lo que tienes que hacer es obligarla con sutileza.
-El problema es que me lo paso tan bien cuando lo hacemos, que me doy cuenta de que no me ha hecho lo que quiero que me haga cuando está saliendo por la puerta.
-¿Has probado a pedírselo sin tapujos?
-Ya me conoces: No sé hacer nada sin tapujos.
-A lo mejor está pidiéndote a gritos que se lo pidas a gritos.
-Esas cosas no se piden.
-Pues entonces espera a que ocurra, simplemente.
-Mi paciencia tiene un límite.
-¿Y cómo vas a plantearle un ultimátum si te lo pasas tan bien, si tienes tapujos, si no quieres pedírselo a gritos?
-Tengo que empezar a sufrir más y a disfrutar menos.
-Eso suele forzar las situaciones, sí.
-Lo percibirá. No querrá perderme. Finalmente, lo hará.
-Sí, ponerla entre la espada y la pared suele funcionar.
-También puede ocurrir que si la pongo entre la espada y la pared, elija pared.
-El amor es riesgo.
-¿Amor? Cuando finalmente me lo haga, empezaremos a hablar de amor. Por ahora, esto es sexo. Puro y duro.

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