jueves, 25 de febrero de 2010

-Tienes que poner de tu parte.

-No hay modo de medir lo que pasa en el metro.
-...
-¿Te gusta?
-Sí. ¿Ahora vas a deleitar a tus lectores relatando vuestro encuentro en la línea 6?
-Siempre supe que lo superaríamos.
-Yo creo que nunca lo superaremos.
-Tienes que poner de tu parte.
-Eso pídeselo a ella.
-Ella ya no existe.
-Nunca superarás su número de teléfono.
-Fue hace cinco años.
-Te ruego que no vuelvas a soltarme eso del tiempo y las heridas.
-No lo haré.
-El pasado no deja de pasar. No es pasado, es pasando. Hasta que no aceptes esta verdad...
-¿Entonces, estamos perdidos?
-Claro. Pero desde antes de habernos conocido.
-No quiero estar perdido.
-A ver cuándo maduras.
-Fue en la línea 4.
-...
-Está bien que te confundas. Es un primer paso.

lunes, 22 de febrero de 2010

-No demasiado.

-¿Por qué lo has hecho así?
-¿Así cómo?
-Me lo has hecho como si se lo estuvieras haciendo a otra.
-No hace mucho me dijiste que me repetía, que siempre lo hacía igual.
-Ah, claro, por eso has decidido engañarme conmigo. Con la otra que puedo ser.
-Sí, por eso.
-¿Y te ha gustado?
-No demasiado.
-¿Prefieres a la que soy casi siempre?
-Al otro. Prefiero al otro que soy de vez en cuando.
-Bésame.
-...
-¿Qué miras?
-A ti.

jueves, 18 de febrero de 2010

-Pregúntale.

-Padre e hijo se arrastran por un mundo devastado. Hacia algún sur. Buscando el calor. El mar. Tal vez sólo buscando no detenerse. Yendo juntos a ninguna parte. Pordioseros helados. El amor más despojado en tiempos después del tiempo. Caníbales acechando tras los bastidores del escenario para siempre baldío. Un revólver. Un carrito de hipermercado. Ropajes robados a cadáveres. Te quiero, hijo. Te quiero, papá.
-La chica lee la novela en el metro. Está acabándola. Concentrada en la prosa seca y fría que hiela y puede hacer llorar. Tiene que ser complicado leer esa novela en el metro.
-La película es fiel a la novela.
-La novela es mejor.
-Ninguna novela puede ser mejor que una película. Ninguna película puede ser mejor que una novela. A mí me gustó la novela. También la película.
-Me gusta la chica que lee. ¿Crees que habrá visto la película?
-Sí.
-No.
-Pregúntale.
-Procuro no evidenciar mi patetismo en público.
-Lee a McCarthy y tiene unas piernas interminables. No encontrarás nada mejor en tu vida. No tienes ninguna otra esperanza de arribar a alguna calidez post-apocalíptica.
-Gracias, amigo.
-Uy, te ha mirado.
-Gilipollas.
-...
-No es tan alta.

martes, 16 de febrero de 2010

-Le gustaba la lluvia.

-Tiene la cara como acerada.
-El maquillaje.
-Está diferente.
-Eso es la muerte.
-Ya. Quiero decir que se ha desvirtuado un poco su rostro. El gesto. El rictus.
-La vida se le ha ido. Ha de ser eso.
-No vuelvas por ahí. Ya lo sé. Quiero decir que parece haber perdido otras cosas, además de la vida.
-Es sólo el envase. Y no es un envase desagradable. Si tuviera una cámara de fotos. 
-Si quieres mi móvil.
-¿Tiene cámara?
-Claro, no te lo dejaría para que llamaras al cadáver de
-Shhh... 
-No he levantado la voz.
-Olvidamos dónde estamos.
-No me des clases de civismo.
-A uno le entran ganas de reir en estos sitios. Llorar y reír. Estos son santuarios del contraste. La vida y la muerte.
-¿Alguna obviedad más?
-No, sigue tú, profundo de los cojones.
-Mira.
-¿Qué?
-El lunar.
-Sí, su famoso lunar.
-Más famosa era la constelación de lunares que tenía en
-Tiene. 
-Que tiene, sí.
-El caballo alado.
-Y dale. La constelación formaba más bien
-Forma.
-Forma una extraña cascada.
-Hubiera querido necesitar más de su...
-...
-...
-De su cuerpo.
-No, de su cuerpo no.  Del resto.
-Una cosa es dejarse tocar y otra dejarse querer. No se dejaba querer.
-A mí me quiso.
-Sí, claro. 
-A su esquiva manera. Yo no le correspondí como se merecía.
-Tal vez porque no se merecía más que...
-Permiso.
-Sí, perdón.
-Si nos diculpan. Tenemos que proceder al sellado del
-Sí, sí, claro.
-...
-...
-Parece que fuera llueve.
-Le gustaba la lluvia.
-¿Qué?
-Que me parece bonito que hoy llueva. Le gustaba la lluvia.
-De donde te sacas eso?
-Me lo dijo.
-¿Hablabais de eso?
-Poco. A veces. 
-Yo no hablaba. Yo iba a lo que iba.
-Yo también. Pero a veces me contaba algo. No sé, se aburriría conmigo.
-Nada personal. Se aburría con todos.
-Era una cualquiera singular.
-...
-Joder. Sí que llueve. 
-Dejaré escrito que no maquillen mi cadáver.
-¿Qué malo el café del tanatorio, no?
-Una auténtica mierda.
-¿Cuántos años le caerán al marido?
-No sé. Pero no estaban casados.
-Da igual.
-Sí, da igual.

viernes, 12 de febrero de 2010

-¿Es una ironía, no?

-Ya no escribo cartas. Ni marco naipes. Ya no le escribo a él. Ni a ellas. Ya no hago goles. Ni los evito. Ya perdí ante rivales indignos. Ya gané a alfeñiques con gafas. Ya empaté conmigo. Ya no hago listas de más de dos ítems. Ya no recuerdo el rostro de mi primera novia. Ya no pienso que todo tiempo pasado fue pasado. Ya no tengo nostalgia de cosas que tanto necesitaba.  Ya me sé el oficio. Ya se ha muerto papá. Ya puse la otra mejilla. Ya me robaron mi mejor perfil.  Ya soy añorado por quienes tanto me odiaron. Ya me gané el infierno. Ya pasó mi cuarto de deshora. Ya no vuelvo a no creer en algún dios. Ya me hice perdonar por mí. Ya no estoy para aquellos trotes. Ya tendréis noticias mías. Ya me espera desnuda. Ya no imagino a mi amigo imaginario. Ni qué decir tiene que ya ni qué decir tengo.
-Y ya tienes un hijo.
-Sí. Por lo demás, sigo siendo aquél.
-¿Es una ironía, no?
-¿Tú qué crees?
-Que sigues respondiendo algunas de mis preguntas con una pregunta.
-Hay cosas que nunca cambian.

miércoles, 10 de febrero de 2010

-Todo cambiará.

-La primera vez se me cayó el alma al suelo. La segunda, sólo hasta las rodillas. Una semana más tarde, mi alma ya no se movía de su sitio. 
-Una especie de forzada cura de humildad.
-¿Cura de humildad...? Prefiero las monjas de petulancia. Como las que atienden el comedor social.
-¿Se come bien?
-He comido en sitios mejores. Pero se come caliente. Y el postre es una fruta que te hace creer que podrás aguantar hasta mañana con una sola comida. Y lo cierto es que funciona.
-Puedes venir a comer a casa, no te lo repito más.
-No te preocupes, ya te he dicho que funciona. 
-¿Has hecho algún amigo?
-También van mujeres. Pero no, entre mi timidez y mi vergüenza -conservo mi alma en su sitio, pero está sonrojada- no levanto la vista del plato, ni la voz del pecho.
-Todo cambiará.
-No me importa seguir así. Es inspirador. Ayer, al salir del comedor -la cola era más grande que cuando entré-,  escribí algo que me vino durante la sopa. 
-Dime.
-Esto, léelo.
-A ver... Cuidado con el perro. Y mucho cuidado con el dueño. Bien. ¿Qué quieres decir?
-No sé.
-...
-El pan es lo más rico de la comida. 
-Siempre te gustaron los restaurantes que ponían esmero en el pan.
-El pan nuestro de cada día, ¿no?


lunes, 8 de febrero de 2010

-No-te-confundas.

-No te confundas conmigo.
-Pero, si no sé quién eres.
-Por eso te lo digo. Vete con cuidado.
-Empezaré por confundirme. Inevitablemente.
-No, no es inevitable. Puedes no confundirte. Si realmente lo quieres, puedes no confundirte conmigo.
-Acabo de conocerte. El único modo de acertar a la primera es haber acertado ya.
-...¿Qué? No me confundas.
-La única manera de no confundirme contigo es intentarlo con otro. Con alguien que me dé margen para comenzar por la confusión, y, tal vez, acabar aclarándonos.
-No-te-confundas.
-Entonces me voy. Lo dejamos aquí y me voy.
-Si ese es el modo que tienes de no confundirte conmigo, adiós.
-Me hubiera gustado intentarlo.
-No conmigo.
-¿No te gusto, no cabe la posibilidad de que al final de la noche te guste un poco, o mucho, y mañana, cuando pienses en anoche, te guste un poco más aún? A mí puede sucederme. No es seguro, claro, pero tal vez ocurra.
-¿Mañana dices? No, mira, ya te lo dije.
-Vale, no me confundiré contigo, entonces.
-Mañana tampoco, ¿vale?
-Buenas noches.
-Buenas noches.
-¿Te importa que lea un rato?
-No, no.
-¿No te molesta?
-No. Apaga la luz cuando acabes.
-Claro, cariño

jueves, 4 de febrero de 2010

-Es la única por la que te pasas al monólogo cada vez que te arrancas.

-Porque destroza los días de mierda. Esos irremediables que chorrean por las paredes, gotean del techo, forman charcos que la más eficaz chica de la limpieza alimentaría con lloros ante la imposibilidad de hacer algo al respecto. Pues ella coge displicentemente los días de mierda y los mete en las bolsas negras -o en las malas, las azules compradas en el chino- y los tira al contendor mezclados con restos los orgánicos de la cena de ayer, del desamor de antes de ayer, del sueño precario por su culpa y por la mía. Y te enteras al día siguiente de lo que ha hecho. Su discreción actúa de madrugada. Profetiza sin querer que ya no podrás dejarla. Que hará magia con tus zonas erróneas y -te pongas como te pongas- te sentirás un poco imbécil cuando saques a pasearlas delante de su cara de incredulidad. Tal vez te diga que ya has vuelto a hacerlo, con tono desganado que te desganará. Celebra así sus pequeños y merecidísimos triunfos sobre mi megacampeona gilipollez. Los funambulistas no pierden pie cuando la ven, porque para extraviar la cabeza hay que ponerse a la altura de sus ojos. Yo, desde que la conozco, vivo dándome golpes contra los muebles, rodando por los suelos, renovándome la mala sangre que me inyectan los hijos de puta que desean lo peor a la gente feliz. Tal vez fuera posible resucitar de no haberme homenajeado por primera vez y por la vez mil y pico con su desnudez devastadora. No me importa disponerme ante ella con pelos y señales. Pero ahora, claro, después de su enamorada acción de desescombro de lo que de mis tragedias ha quedado, estoy muerto y enterrado y soy el sustrato de flores que no disponen de nombres en latín de los que fardar, pero también carecen de espejos adolescentes en los que creerse menos sencillas de lo que son. Tus rarezas morenas me erizan las risas me comen las penas. Juegas con las comas de mis discursos y les das el sinsentido que se merecen. La convivencia mata la relación y otras pelotudeces están siendo bellamente pintadas y barnizadas de colores y brillos cambiantes que tiñen de verdades mentiras universales -o tiñen de lo contrario-, tales como que la fecha de caducidad del amor viene impresa en la ya madura tapa de mi corazón.
-Carmen, ¿no?
-...
-Es la única por la que te pasas al monólogo cada vez que te arrancas.

lunes, 1 de febrero de 2010

-Se acostaba conmigo por no hacerle eso a un amigo.

-Se acostaba contigo sin ánimo de ofender.
-Puede ser. Pero se acostaba contigo con sed contractual: lunes, miércoles y viernes.
-Eso parece un hecho irrebatible. Pero se acostaba contigo sin ánimo lúdico, sólo por vocación de someter, estarás conmigo.
-Clarísimamente. Del mismo modo, te digo que se acostaba contigo porque hoy no se acostaba con otro.
-¿Te crees que no lo sé? Pero no me negarás que se acostaba contigo por rememorar la segunda vez (la que no se olvida, aunque se intente).
-Obviamente. Claro que se acostaba contigo por no hacer el amor contigo.
-Sincerémonos: Se acostaba contigo porque era asistenta social y tú eres mi socio.
-Se acostaba contigo pero ahora sólo se acuesta conmigo.
-Se acostaba conmigo por no hacerle eso a un amigo.
-¿Amigo? Sólo somos socios, si no te importa.
-Como quieras. Pero por si te interesa, ella sigue siendo asistente social.
-Pues ándate con cuidado, entonces.

jueves, 28 de enero de 2010

-¿Psi o si?

-Eso es como dar por supuesto que un psicólogo posee el conocimiento certero de la psicología humana. Que sabría definir en una oración qué coño es la psicología humana. Que es consecuente -y eficaz- con la teoría que suscribe.
-¿Psi o si?
-Los expertos -horripilante palabra- poseen un desconocimiento cabal de la materia que dominan.
-La materia por la que son  dominados.
-¿Crees que un albañil, sólo por el hecho de dedicarse a la albañilería desde hace meses o años, sabe levantar una pared? Conozco arquitectos -por lo menos uno- que no saben hacer la "o" sin un Autocad. ¿Crees que un actor porno sabe hacer el amor?
-No necesariamente, pero sabrá deshacer el odio al menos.
-Creemos, sinceramente, que podemos reducir larguísimas palabras tales como "siempre" o "nunca" hasta darles el tamaño exacto para poder deslizarlas como regalos inolvidables por el escote de la mujer de nuestra vida.
-He pillado al actor porno que tiene los tres centímetros que me han sido reagateados. Le sigo la pista. No me preguntes por qué.
-No tenemos ni idea de nada. De nada. La vida de todos, de todos, consiste en engañarnos creyendo que engañamos a la incertidumbre que nos rige. Engañifas. Creemos tener certezas.
-Yo tengo un par.
-Yo creo creer que tengo una. Pero sé que creo tenerla.
-...
-Su lengua será mía de ahora en más.
-¿La lengua? Ya estamos parcializando...
-Lo creo creer con certeza. Casi todas las noches.
-Yo tengo un par de certezas.
-...
-No, no. Paso de decírtelas. Quiero seguir teniéndolas.

martes, 26 de enero de 2010

-Papá.

-Gracias por la Play.
-¿Qué?
-Gracias por la Play.
-¿Qué dices?
-Que ya lo sé.
-¿Qué sabes?
-Ya lo sé.
-No sé de qué me hablas.
-Que lo sé.
-¿Y qué es lo que sabes?
-No te hagas el tonto.
-No, en serio, ¿qué es lo que sabes?
-Sé que sois los padres.
-¿Los padres?
-He hablado con mamá, ¿vale?
-De qué.
-Papá.
-...
-Gracias por la Play.


viernes, 22 de enero de 2010

-Lo que acabamos de hacer.

-¿Y qué sé yo acerca de vosotras, de las lesbianas?
-Bueno, eres una de ellas, hermanita.
-Tú no. ¿Y qué sabes tú acerca de los hombres?
-Que a ti no te gustan. Poco más.
-No creo que a ti te gusten demasiado. Otra cosa es que los deseees.
-También quise. Aunque de su cuerpo, de sus partes, ya no me quedan restos, cercos. Recuerdo sus gafas. Pero sólo porque las conservo.
-Nada de mis amantes se queda en casa. Ni las gafas.
-Tendrías fácil ocultar los restos del paso de una mujer por tu cama. Papá, además, no quiere saber porque sabe. Es el peor de los ciegos.
-Papá es hombre y no me gusta, es verdad.
-Nos parecemos tanto tú y yo.
-Eso dice él. También sospecha de ti. Cree temer con seguridad que también tú, recónditamente, seas como yo.
-Papá enfermará mortalmente de nosotras.
-Mamá, en cambio, es inmune.
-Sí, la salva el creer que nos ama menos.
-¿Y esto qué es, en qué nos convierte?
-¿Lo que acabamos de hacer?
-Lo que acabamos de hacer.
-Esto ha sido sexo. Intrafamiliar. ¿Te arrepientes?
-No.
-Ni yo.
-...
-Como se entere papá, lo matamos.
-Como se entere mamá.
-Mamá conoce perfectamente lo que debe conocer y lo que no.
-¿Te ha gustado sentir mis
-Sí, claro. Me ha gustado. Pero tiene cierta lógica que haya disfrutado de ello. No cambia nada.
-No, tranquila, no cambia nada. Seguimos siendo hermanas.
-Amar, sólo amo sus gafas. El recuerdo de sus dedos. Quitándoselas. Poniéndoselas.


martes, 19 de enero de 2010

-Prologar.

-Ajustar el enfoque de un microscopio, de un telescopio, de una cámara. Afinar un instrumento. Aceitar un engranaje. Desperezarse. Carraspear. Levantar el auricular del teléfono. El preliminar del primer preliminar.
-Prologar.
-El taco, tanteando la esperanza del golpe perfecto, deslizándose adelante y atrás entre tus dedos.  El iris proyectándole el destino al gamo a través de la mira. El animal oliendo repentinamente la bala virgen y la última muerte. ¿Cuándo comienza lo que comienza? ¿En la oscuridad previa es donde se cuece la posibilidad de la luz? Cuando estiramos el brazo hacia el interruptor, la luz ya se ha encendido. Arrepentirse y no encenderla también inaugura lo siguiente. ¿Comenzamos a ser extranjeros al nacer? ¿O al nacer la unión de nuestros padres? ¿De nuestros abuelos? Los músculos tensándose para comenzar a huir o comenzar a quedarse. La fuerza de la costumbre forzándose una y otra vez a acostumbrarse. El desayuno. La primera adrenalina de la mañana.
-Cuando dices que no sabes cómo empezar, en realidad siempre ya otros han comenzado por ti.
-El nunca acabar y el siempre empezar ya lo han acabado y comenzado otros.
-O sea tú.
-Y tú también.
-El primer trago.
-Bien. ¿De qué irá la entrada de hoy?
-Ya fue.



jueves, 14 de enero de 2010

-Ahora se parece bastante a ti.

-¿Y si dentro de no sé cuántos años resulta que se muere sin haber escrito un poema? No ya uno bueno, o digno. Un miserable poema, quiero decir. Eso que decía Picasso, que los niños son artistas, el problema es que lo sigan siendo cuando dejan de ser niños. ¿Y si ese... potencial
-Qué palabra horrible.
-que ahora se percibe en sus dibujos, después no cuaja, no se solidifica, no se transforma en lo que uno anhela, tal vez neciamente? Ponle que su vida se le va sin haber manipulado jamás una melancólica marioneta. O un triste títere. ¿Si él acaba encarnando lo que yo aborrezco?
-¿Temes que se parezca a ti?
-Me da igual que nadie reconozca en él rastros genéticos de mí. Lo que me mutilaría es no reconocer en él, en el futuro, rastros del que es ahora.
-Ahora se parece bastante a ti.
-Es lógico que ahora se parezca a mí. Es mi hijo. Y también puede esperarse que mañana se parezca a mí. Soy su padre. Pero quiero decir después, pasado mañana, cuando la vida con su devastadora labor haya hecho añicos la mía, y la suya. Cuando sólo para los muy allegados claramente él sea mi hijo y yo su padre. Cuando a los demás, al mundo, haya que explicarle nuestro grado de parentesco porque nada a primera vista evidencie cuál es. ¿Y si acaba por ser un contable que olvidó pintar gatos? ¿Y si el único poema que escriba no es más que una transcripción fidedigna de uno de Neruda? ¿Y si ambos perdemos las claves que me hacen decir tonterías que lo hacen reír y avergonzarse secretamente de reírse de las tonterías que digo para que ría?
-¿Y si lee esto que acabas de escribir?


miércoles, 23 de diciembre de 2009

-No sé qué decir.

-Herrumbre. Lodazal. Óxido. Llamo a las puertas de palabras que no me atienden. Almohada. Pesadumbre. Neblinoso. Escondidas tras los vocablos, acechantes tras mi falta de talento, tras la triste última preposición. ¿Cuál es el antónimo más certero de falta de talento? Esperan que me marche sin haber cometido contra ellas ningún intento de ordenarlas bella y sinceramente. Pacientes, esperan quedarse a solas. Cuchichear entre ellas, cada vez en voz más alta. Hasta llegar a la cima de las voces. Y desde allí arriba lanzar sus risas complacientes montaña abajo. El alud me sorpenderá de espaldas. Sin darme tiempo a gritarles mi venganza. A aplicarles mi media sonrisa. A humillarlas haciéndole saber lo que ya saben. Que sin mí, ellas no son nada. Herrumbre. Lodazal. Óxido. Y todas las demás. En polvo os convertiréis si no abro la boca, el cuaderno, Word, mi lápiz. Boca abajo bajo las voces. Sin poder pronunciar palabra. ¿Cuál es el antónimo más cabal de sepultado?
-No sé qué decir.
-Ya has dicho lo imprescindible para que esto sea un diálogo.
-A veces me siento utilizado.


lunes, 21 de diciembre de 2009

-No tiene importancia.

-¿Por qué ahora?
-Surgió. No sé.
-Por favor.
-No tiene importancia.
-Tú no crees que no tenga importancia. Si has esperado cinco años y... tres meses para decírmelo, es que la tiene.
-No hay ninguna intención detrás.
-Por favor.
-Piénsalo. Sinceramente, no es importante. No cambia nada.
-...
-No me seas niño.
-Y tú no me seas tramposa. No crees que mi actitud sea infantil. Crees que diciéndome que soy infantil me atacas por un flanco que me duele. Que me deja sin aire. Esa forma tuya de callarme la boca.
-No sigas.
-Deberías sincerarte.
-No te he mentido.
-Deberías decirme por qué ahora. Por qué has tardado cinco años y tres meses en contarme que te habías acostado con un ciego.
-¿No te sientes ridículo al escucharte decir esa frase?
-No.
-Deberías. Repítela.
-Pero contesta.
-Fue hace ocho años.
-Pero contesta.
-No tengo ninguna razón. No hay plan, amor.
-No te lo crees ni tú.
-Un ciego.
-No fue nada. Ha sido una vez. O dos. No tiene importancia.
-¿No fue nada? Ha habido una guerra mundial. O dos. No tiene importancia.
-Venga, por favor. Subamos a verlo.
-Me voy a la cama.
-Pero... ¿Cuánto tardaste tú en contarme lo de las hermanas?
-¿Eh?
-Lo de la noche de fin de año con las hermanitas.
-Es incomparable. Y te lo dije dentro del primer añ
-Ah, que las confesiones de historias pasadas valen si se hacen dentro de los primeros trescientos sesen
-Déjalo.
-Venga, amor.
-...
-Querías verlo.
-Hasta mañana.
-Por favor, olvídalo, no ha dejado ningún rastro.
-...
-Amor, anda. Subamos a ver el eclipse.
-Ya no quiero verlo.


jueves, 17 de diciembre de 2009

¿Allí dónde?

-Es la última vez que se lo pregunto.
-No le creo. Lo dice sin convicción. Las cualidades que le han hecho creer que tiene le harán insistir y volver a preguntármelo, una y otra vez.
-No me gusta la actitud que tiene.
-También pensarán eso de mí quienes he dejado allí.
-¿Allí dónde?
-Créame que comprendo que no me crea, pero no sé dónde. He venido a un sitio que desconozco desde uno que he olvidado. Misión cumplida.
-Negándose a identificarse sólo hará que demoremos algo más en averiguar su identidad. Nada más.
-Averiguar mi identidad es un empeño vano por su parte. Es también un vano empeño por la mía.
-Vamos, usted no puede ser de muy lejos. Hablamos el mismo idioma, aunque su acento...
-Idioma. Acento. A esto llamo yo tirar de la lengua, si me permite la gracia. Pero está bien. Creo que las palabras nos incomunican, pero los tonos, las intenciones, el aire entre los dientes y los vocablos pueden acercarnos. Un poco.
-En otro ámbito, con una cerveza de por medio, me interesaría por su absurda cháchara, pero compréndame, no estoy aquí para compren... Perdón, ya ha hecho usted un juego de palabras parecido a este hace un momento.
-No se conduela de sí mismo. Es un sargento que aprende rápido. No hay muchos que puedan vanagloriarse de lo mismo.
-Sabemos que ha huído. Que ha dejado atrás... cosas. Una familia. O un amor. O simplemente una memoria. 
-¿Sinceramente cree que uno puede alejarse de algo o de todo eso?
-Tomar distancia.
-Me cae usted muy bien, sargento. Me gustaría ayudarlo. Colaborar con su trabajo. Ponérselo fácil. Pero no sé qué hago aquí. Tampoco sé qué hacía allí.
-¿Allí dónde?
-Lea la transcripción de esta charla, sargento. Quince o veinte líneas más arriba. Se encontará con la misma frase que acaba de decir. No se sienta mal, o torpe, o ineficaz: ¿Quién no se repite unas veinte líneas más tarde?
-¿Se ha ido para no repetirse? ¿Ha huído de eso? ¿No quiere que le ayudemos a saber quién es? ¿A volver?
-Nos estamos conociendo. Además, por lo que se ve, y por lo que ya no alcanzo a ver, soy un hombre nuevo.
-Eso parece.
-Y usted también. Usted también es un hombre nuevo, sargento.
-No me deja otra salida.
-Calma, uno no deja de repetir los mecanismos incorporados a su oficio de un momento para otro.
-Tendrá que pasar la noche en comisaría.
-Uno no puede chasquear los dedos y decidir que ya no cumplirá con su deber.
-Tengo que tomarle las huellas digitales.
-Uno no se escapa así cómo así de una cárcel tan largamente construída.
-Primero el pulgar derecho.
-Lleva su tiempo.


lunes, 14 de diciembre de 2009

-Afuera nieva.

-Lo que mi mente vaga, comodona, adaptadísima a mi medio y a mi miedo espera de mí esta mañana, es que escriba algo que tenga que ver con la nieve. Que la nieve me inspire, o que me haga creer que me inspira. Que escriba la palabra nieve, metida en algún contexto. Nieva en Madrid. Mi cabeza cree que debo acusar este hecho, aunque no es tan infrecuente. Si viviera y nevara en Buenos Aires, mi cabeza ni siquiera haría el esfuercito de chasquearme una chispita inspiradora. Allá no nieva nunca. Bueno, el año pasado nevó. O hace dos años. La vez anterior había sido setenta años atrás. Más o menos. Escribiría sobre la nevada en Buenos Aires. Aunque mi cerebro no quisiera.
-Mis uñas.
-¿Eh?
-Puedes escribir acerca de mis uñas. Si no quieres dejarte influenciar por el poder -o el no poder- de tu mente.
-¿Tus uñas? 
-Siempre, mis uñas de los pies, me fueron pintadas por otros.
-Afuera nieva.
-Fuera nieva.
-Soy argentino. Para nosotros afuera está bien. Somos más de afuera.
-Mi madre. Mi hermana. Mis novios. Tú. A mis uñas las pintan los demás.
-Sabes que no es una actividad de la que disfrute especialmente.
-No vuelvas a argumentar que tengo treinta y cinco años.
-Treinta y seis.
-Que ya va siendo hora de enterrar viejas costumbres.
-O malherirlas.
-Mi hermana no me cuestiona. De vez en cuando, lo sabes, ella sigue pintándome las uñas de los pies.
-Sí, lo sé. Supongo que a ella le hace ilusión. Pues que te las siga pintando ella. No me opongo.
-Te alejas.
-...
-Negarte a pintármelas, lo sabes, te aleja de mí.
-No repitas que lo sé en medio de cada frase. No lo sé. No lo creo.
-Te alejas si no me complaces. Si no atiendes a mis caprichos.
-Vale.
-Gracias.
-Ten.
-Sabías que iba a transigir.
-Sí.
-Quieta.
-¿Te gustan mis pies?
-¿Tus pies o los dedos de tus pies?
-Déjalo.
-Está dejando de nevar.
-...
-Afuera.

El dibujo no es mío. ¿A que lo habíais notado? Es de Solano López, dibujante de El Eternauta. ¿Bueno, eh?

viernes, 11 de diciembre de 2009

-Me tiran más tus dos carretas.

-Me cansé por lo civil. 
-Me separé por lo habitual. 
-Me habitué por no salir. 
-Me piré por el portal.
-Me suicidé por nembutal. 
-Me lavé lo estomacal. 
-Me aseguré por lo social. 
-Me pequé por lo venial.
-Me desnudé por demodé. 
-Me atracaste con tu tráquea. 
-Me fileteaste tu felatio. 
-Te atragantaste con mi fé.
-Me engañaste con mi hermano. 
-Me maldije por ser dos. 
-Me cagué en José Santiago. 
-Me quedé a pesar de vos.
-Me apago analógico. 
-Me enciendo enológico. 
-Me parece lo lógico. 
-Apagar la tele encender el bouquet.
-Me acuerdo de Alzheimer. 
-Me olvido de ti. 
-Me ciego de verte.
-Me voy de Madrid.
-Me oscuro de día. 
-Me aclaro por fin. 
-Me brillo de luto. 
-Me muero sin mí.
-Me Sabino por Serrat. 
-Me tanguizo por Gardel. 
-Me avergüenzo por cantar. 
-Me John Lennon Ringo Starr.
-Me Buenos Aires querido. 
-Cuando me vulvas a ver.
-No habrá más penes ni olvidos. 
-Ni más ropa por tender.
-Me tiran más tus dos carretas. 
-Me amanezco menos temprano. 
-Consuelo de muchas mi mal de pocas. 
-Me siento volando mi pájaro en mano.
-Me divorcié por lo legal.
-Me endeudé por más de mil. 
-Me revolví por lo amoral. 
-Me vengué por lo militar.
-Me disculpo por rimar tan mal. 
-Ah, ¿iba de rimar?

jueves, 10 de diciembre de 2009

-Kafka otra vez.

Dónde van los hombres, corren sin ver
buscan una casa donde secar su piel.
  ¿Dónde va la gente cuándo llueve? 
  Miguel Cantilo
-En el metro me ocurren historias que se bajan a encontrame.
-Un poco facilón el arranque, ¿no?
-Puedo intentar decirlo de otra forma, pero lo que me pasa en el metro es que me bajo a historias que pasan por debajo de la realidad. O que están metidas en otra realidad más viscosa o más esquiva. Como un órgano metiéndose y hurgando en otro órgano que por un lado parece apropiado para contenerlo, y a la vez parece apropiado para cercenarlo, o para deformarlo para siempre. Y no sé si yo soy el órgano que se introduce o el que recibe.
-¿Has estado viendo porno?
-La gente llevaba empapada todo el día. La lluvia caía igual de lenta desde hacía tres días. Estaba quedándome solo en el vagón. Pero no estaba solo. Lo que ocurre es que uno en la otra punta parecía condenado a dormirse hasta el fnal del trayecto. Y había otra, algo más cerca, condenada a no mirar a ninguna parte, como eludiendo cualquier posibilidad de invitar a nadie a malinterpretarle un destino viscoso en la mirada.
-Viscoso, otra vez viscoso. O tu historia resulta muy viscosa o muy decepcionante.
-El único que me enfrentaba con todo el cuerpo y con su mirada era el señor que ya no cumplia los setenta que tenía exactamente enfrente, separados sólo por el pasillo y por una herrumbrosa niebla que sólo los dos podíamos apreciar. Condenados también, a apreciarla. Estábamos metidos en esa otra realidad de la que te hablaba. Metidos desde no sé cuantos kilómetros o minutos. El metro hacía lo que tenía que hacer. Parar en las estaciones. Abrir las puertas. Cerrarlas. Avanzar. Pero el señor y yo no podíamos más que desatender al mundo. Era condición necesaria para que él fuera transformándose en otro y para que yo atestiguara esa transformación.
-Kafka otra vez.
-Decir que lo que ocurrió fue una metamorfosis es arriesgado. Cuando el por lo menos septuagenario acabó de mutar seguía siendo él. En apariencia y en su apariencia nada había cambiado. Pero el que se bajó en Gran Vía no era el mismo anciano que se había subido en Chamartín. Había pasado el tiempo del último tren del día.
-Es decir: no pasó nada.
-No pasó nada. Sólo que probablemente él ahora esté contándole a un amigo o a su esposa o a una amante o escribiéndose a sí mismo, lo que le ocurrió en el metro conmigo. O muriéndose.
-No sé si llamarla viscosa.

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