miércoles, 21 de octubre de 2009

-El lugar esquivo de tu cerebelo se llama cama.

-En un lugar de mi cerebelo, de cuyo nombre ya no consigo acordarme por mucho que lo intento, no hace muchas mañanas amanecía una moza que por toda armadura poseía una piel dormida sin recelos.
-El lugar esquivo de tu cerebelo se llama cama.
-Gracias.

martes, 20 de octubre de 2009

-¿Desatascar?

-No quieres saber lo que me pasa. Tampoco quieres que te lo oculte. Haga lo que haga, te molestas. Te enfadas. Te cargas todas las normas de entendimiento. Los ordenamientos que rigen las discusiones. El reglamento de la convivencia. Te vuelves insoportable. Ni comes ni dejas comer. Estoy atrapado en tu histeria. No entiendes ni quieres entender. Olvidas quién eres. O quizá es que sólo entonces, en el punto culminante de estas desquiciantes divergencias, eres completamente tú. No lo sé. El resto del tiempo, luchas contra ti misma. Tampoco quieres dejar de intentarlo. Tal vez porque sabes perfectamente quién y cómo eres. Insoportable.
-¿Literalmente, se lo dijiste literalmente?
-El concepto. El concepto era ese.
-¿Y ella qué contestó? Lo más literalmente que puedas, por favor.
-¿Eres víctima o victimista? Y yo: No entiendes nada. Y ella: ¿Histérica yo? ¿Tú recuerdas la semana que me diste cuando no encontrabas el sinónimo de desatascar que buscabas?
-¿Desatascar?
-Literalmente.
-No termino de comprenderte.
-Me da igual que no me comprendas. Son planos diferentes. A ti puedo mandarte a la mierda. Tú puedes mandarme a la mierda. Lo que se juega en la pareja no se juega en el plano de nuestra amistad. Mas-cu-li-na, además. Lo mismo ya no es lo mismo si te lo cuento a ti. Si me escuchas tú y no ella. ¿Es necesario que te aclare estas obviedades?
-Obviedad no tiene plural.
-Joder.
-¿Cómo acabó todo?
-Le dije que seguía teniendo unos pies preciosos.
-¿Así, sin venir a cuento?
-¿Que no venía a cuento? No entiendes nada.


lunes, 19 de octubre de 2009

-Pobre mujer.

-A mí sólo  me pega mi marido.
-Es una frase demasiado jodida. Empieza por contar otra cosa, y si eso, ya la cuelas promediando el relato. Esas cosas que haces, y que hacen creer a algunos -entre ellos a ti mismo- que eres bueno escribiendo diálogos.
-A mí sólo me pega mi marido.
-Y dale.
-La escuché yo. En su habitación. Me la dijo a mí. Mientras volteaba la foto de la mesilla -parte del ritual-. Te lo juro.
-¿Ibas a pegarle?
-No, idiota. Fue una advertencia. Por si se me ocurría. Una especie de declaración previa. Un preámbulo. Un aviso antes de empezar a quitarse la ropa.
-Pobre mujer.
-Eso pensé. Pobre mujer.


-No puedes necesitarlo.

-No lo consigo, papá.
-Tápate, hija.
-Perdona.
-Debes ocuparte más de ti. Estar pendiente de ti. Mírate.
-Me sé.
-¿Qué?
-No necesito mirarme.
-Deberías volver a vestirte. Vestirte y salir a la calle. Como si alguien te esperara. Como si alguien esperara verte bien. Debes dar señales de vida.
-Deberías oirte.
-Sólo quiero lo mejor para ti.
-Lo sé.
-Paciencia. Tiempo.
-No es eso. Sé lo que me falta.
-No puedes necesitarlo, hija.
-Crees que no debería necesitarlo, pero es lo único que me falta.
-Tienes todo el tiempo del mundo para recuperarte. La experiencia del secuestro ha sido terrible. Todos lo sabemos. Tu madre. Yo. Tienes toda nuestra comprensión.
-Lo tengo todo menos lo que necesito.
-No puedes necesitarlo.
-Cada día más.
-No puedes necesitar a ese hombre.
-Cada día.
-Ya han pasado seis meses. Tienes todo el tiempo del mundo, pero ya han pasado seis meses desde que pagamos el rescate. 
-...
-¿Cuánto tiempo necesitas para ponerte a olvidarlo, para comenzar a intentarlo, para volver ?
-Papá...
-Tápate, hija, por favor.
-Perdona.


jueves, 15 de octubre de 2009

-Sólo en algunos.

-Aprendiendo la vida en ninguna parte. Lecturas. Experiencias. Susurros. Imágenes. Genética. Malas canciones de compositores que predican con el mal ejemplo haciendo buenísimas pésimas canciones.
-Y hojas parroquiales cayendo del árbol de la vida sobre la acera del otoño.
-También.
-Blogs sobre sexo. La sensibilidad de los pezones derechos para los diestros y los izquierdos para los siniestros. La larga y corta cuestión del tamaño de los miembros masculinos de la Asociación de Damnificados por las Miradas Femeninas. La postergación de la eyaculación precoz para tiempos mejores. Etcétera.
-Etcétera, sobre todo.
-La vida está en todas partes.
-En la tele.
-Sobre todo.
-Y en los sobretodos.
-Sólo en algunos.

-De la última cena.

-No conduzco por carretera alguna sacando el brazo por alguna ventanilla.
-La publicidades tienen un lejano parecido con la realidad remunerada de los publicistas de éxito.
-Yo me creo que bebiendo ese whisky las mozas me merodearán.
-No me cabe ninguna duda.
-No hay más que comprobar el poder limpiador del lavavajillas a quien nadie es capaz de distraer de tan concentrado que está en lo suyo.
-Limpiando los restos.
-De la última cena.

miércoles, 14 de octubre de 2009

-Esto no lo lee nadie.

-Preferiría no hacerlo.
-Pues no lo hagas.
-Me obligo a tres o cuatro por semana.
-Esto no lo lee nadie.
-Gracias.
-Nadie echará de menos no encontrar nada hoy.
-Ni ayer, ni anteayer.
-Eso es. Nadie echará de menos no volver a encontrar nada.
-Creo que alguien, tal vez, perciba la sequía.
-No te preocupes por eso.
-Me preocupa mi sequía.
-Date una ducha.
-Tengo que colgar una entrada. Hoy.
-Escribe lo primero que se te ocurra.
-Siempre escribo lo pirmero que se me ocurre.
-Eso es mentira.
-O lo segundo.
-¿Y el dibujo? ¿La sequía llega a tu tableta gráfica?
-Puedo colgar alguno de los que ya tengo hechos.
-¿Aunque nada tenga que ver con la entrada?
-¿Qué entrada?
-Es cierto.
-Tengo un perrito y una chica desnuda.
-Cuelga la chica.
-Vale.


jueves, 8 de octubre de 2009

-Todas las fantasías sexuales son largamente acariciadas.

-Se trata de una fantasía sexual largamente acariciada por mí.
-Todas las fantasías sexuales son largamente acariciadas. 
-Esta, entonces, amor, muy largamente acariciada.
-Lo del trío ha sido un fracaso.
-Lo reconozco. En parte fue mi culpa, como bien sabes y sé que sabes. En parte por esa chica y su empeño en centrarse en
-Vale, vale. Ya sabes por qué ha fracasado. Por qué todas fracasarían.
-Discrepo, amor.
-El ámbito natural, el lugar sano en el que deben vivir y desarrollarse las fantasías sexuales, ese reducto en el que las largas caricias pueden ir y venir largamente a lo largo, ancho, y dentro de ellas, es, precisamente, el de la fantasía. Parece obvio. Es obvio. ¿Por qué te empeñas en sacarlas a pasear?
-Sólo una. Quiero sacar a pasear una de mis tantas fantasías. Y contigo. Quiero sacarla a pasear contigo. En este caso no habría terceras personas. Ni terceras tetas.
-Es imposibe. Además de ilegal. Es irrealizable. Además de inviable.
-Si irrealizable e inviable no son sinónimos...
-Sabes que me encanta ese lugar. Lo mucho que disfruté cuando estuvimos allí. Lo que significó y significa haber estado en esa habitación. Ese rato ya es inolvidable. Forma parte de la iconografía imborrable de nosotros como pareja.
-Así es. Sólo nos falta hacerlo sobre el diván.
-No puedes estar hablando en serio.
-Estoy deseando en serio, amor.
-Es como allanar la propiedad privada. Allanar la historia. Es como echarle una lata de pintura a la Gioconda.
-Lo dejaremos tal y como está.
-¿Cómo podría quedar como está después de haber follado sobre él? Nada quedaría igual después de eso. Debes admitirlo.
-Siempre alabas la increíble ausencia de arrugas cuando hago la cama.
-Eres muy buena alisando. Soterrando los rastros de la noche. Pero esto es diferente. Es imposible.
-No veo la imposibilidad por ninguna parte. Prometo soterrar como nunca.
-No.
-Conocemos la dirección.
-El número 20 de Maresfield Gardens.
-Los horarios. Tenemos el dinero para viajar. Londres es una ciudad que nos encanta. Disfrutaríamos de nuestra estancia.
-Ni siquiera voy a considerarlo.
-Hampstead es un barrio precioso. Además, podríamos pasar la noche en el museo y por la mañana visitar la parte norte del barrio. Nos debemos una visita a lo alto de la colina de Hampstead Park.
-Jamás accederé a cometer esa locura. Fracasaríamos. Nos frustraríamos.
-¿Qué mejor lugar para frustrarse que el diván de Freud?
-No insistas.
-Tienes la sexualidad aún más pequeña que el sexo.
-¿Eh?


miércoles, 7 de octubre de 2009

-Por fin un juguete roto sin paliativos.

-El boxeador –si es que los boxeadores, como los toreros o los diputados, de algún modo, siguen siéndolo aunque ya no lo sean- es atropellado por un autobús. A la salida de un partido en la cancha de Independiente de Avellaneda. Agoniza largamente sobre los adoquines. Pide que no lo dejen solo. Muere en un hospital del sur de la provincia de Buenos Aires. Fue, a un tiempo, Mono y Tigre. Los señoritos del ring-side lo despreciaban rebajándolo hasta primate. Para ellos era el Mono Gatica. Para la popular, para el pueblo -esa masa deseosa de supuestos malos ejemplos para tomar de ejemplo- en cambio, era el Tigre Gatica. En la memoria popular, paradójicamente, pervive como el Mono. Tal vez porque la derecha, a la larga, siempre se sale con la suya. El Mono fue un juguete roto.
-Por fin un juguete roto sin paliativos.
-Lustrabotas. Empezó peleando por unos pesos rápidas peleas regladas por una ordenación sin cláusulas escritas. Tres rounds en un tugurio, territorio de marineros desgajados del mar y putas adheridas a paredes pintadas de humedad.
-Al grano.
-Cuando le presentaron a Perón, Gatica le dio la mano diciéndole “Dos potencias se saludan”. De la mano del entonces presidente, Gatica llegó a Estados Unidos. Ike Williams lo facturó de vuelta desde el Madison Square Garden estampillándole tres expeditivos sopapos. Perdió el favor oficial, pero no el fervor popular. Escenificó junto a Alfredo Prada -que sí llegó a campeón argentino y que cuando se bajó del ring podía ir al banco a interesarse por sus ahorros- una especie de extraña amistad. En empate cerraron su estadística de golpes: ganaron tres peleas cada uno. Aunque El Mono perdió la última de las seis. Volvió a la villa miseria a empezar a cerrar el círculo. Prada puso un restaurante y le pagó a su viejo rival por dejarse humillar a la puerta del local, exponiéndolo como abrepuertas. Algunos le dejaban unas monedas de propina como antes le  habían dejado insultos y gestos de burlas simiescas desde las filas más cercanas al ring. Otro “amigo”, Martín Karadajián, empresario y luchador que regentaba una troupe de luchadores de catch –toda mi infancia y adolescencia viendo en la tele las peleas de Titanes en el Ring con todo su batallón de luchadores: El Mercenario Joe, El payaso Pepino, el
-Perdón, mejor guárdate a los titanes estos para La hora de la Nostalgia, un blog que, por lo que veo, no deberías tardar en inaugurar. Cómo estamos…
-El fotógrafo oficial de Karadajián y su mundo era el padre de un compañero de clase, a mis diez u once años.
-¿Ya?
-Por otras cuatro monedas, Karadajián representó otra derrota parodiando la parodia del Mono roto. Karadajián le ganó la farsa de pelea. Una inundación se llevó su chabola. El agua de los pobres empeñada en borrarlo todo. El Mono, años después de cobrar por perder, y mientras apenas si ganaba para sobrevivir, murió en la calle. En más de un sentido murió en la calle. El último músculo de su dignidad rogando que no lo dejaran solo. Tenía treinta y ocho años. Seguro que llovía lentamente. Treinta años más tarde, Osvaldo Soriano escribió una semblanza sobre su vida que hay que leer, como todo lo escrito por Soriano.



martes, 6 de octubre de 2009

-Te pongas como te pongas, son juguetes rotos.

-El boxeador le aguantó diez rounds a Alí. Hasta que no se aguantó más en pie. Recuerdo haber visto la pelea por la tele. Antes, le había hecho besar la lona -no pude resistirme a escribir esa expresión- a uno de los más grandes boxeadores de la historia. Poco, pero lo tiró. Lo llamaban Ringo. Encarnaba la versión tópica –muchas veces paródica- del porteño. Un poco la imagen que tienen en España de “lo argentino”. Para ser menos injusto habría que hablar siempre de “lo porteño”. Me parezco poco al boxeador. Pero tal vez lloré cuando ya no se pudo levantar a tiempo. Ringo era de Parque Patricios. Entrenaba en el club Huracán. Yo fui centenares de veces a jugar al fútbol a Parque Patricios, frente a Huracán, del que fui socio durante algunos años. Íbamos a la piscina y después a comer pizza a El Globito. Cerca, en el mismo barrio, con mi amigo, frecuentábamos el cine Rivas. Sesión continua. Ya no está. Ya no están. Ni el cine ni el amigo. Aunque para entonces el boxeador ya no se entrenaba en Huracán, o yo nunca lo ví. Aún no lo habían asesinado.
-Otro juguete roto.
-No exactamente.
-Todos tus juguetes rotos parecen estar en el límite de lo roto, o en el límite de lo juguete. Nunca son exactamente.
-Sí, son tipos limítrofes en más de un sentido.
-Te pongas como te pongas, son juguetes rotos.
-Dos frases del boxeador: 1. La experiencia es un peine que te dan cuando te quedás pelado. 2. Cuando suena la campana te quedás solo. Te sacan hasta el banquito. Su familia tenía, y tal vez siga teniendo una funeraria en Parque Patricios. La regentaba un hermano. Tuvo fama, dinero, mujeres, Mercedes, y ese lujo hortera –allá diría grasa- con el que se embadurnaban los triunfadores de barrio. Seguía yendo a comer los ravioles del domingo a casa de su madre con la tranquilidad de que nadie, ninguno de los pibes que jamás conseguirían despegar, le harían un mínimo arañazo al cochazo inalcanzable aparcado en su casa de siempre.
-Estamos subiendo. Ahora viene la caída, ¿no? El típico recorrido del valle a la cima y de la cima a bajo tierra.
-El dueño de un burdel de Reno, el Mustang Ranch –continúa funcionando-, lo mandó a matar. El tipo se llamaba -continúa llamándose- Joe Conforte, nombre de mafioso difícilmente superable. El asesino, Willard Brymer, salió de rositas. (Shakespeare escribió el destino de todos nosotros. Después, un día, un sicario o uno que va por libre se encarga de ejecutarlo.) Los hechos permanecen en la nebulosa legal y literaria. Parece ser que Ringo se estaba tirando a la mujer del mafioso.
-Tirando no me parece una expresión muy apropiada. Es machista.
-Tirando es apropiadísima. Sexo. Infidelidad. Celos. Venganza. Etc. Todos los componentes de una buena o mala tragedia. De una buena o mala novela o película. La vida misma. La misma muerte.
-Vas de la pretensión literaria a la pretensión ensayística, al reportaje, a la pretensión sin pretensiones.
-Voy. El boxeador estaba casado, en Argentina. Tenía hijos. A su vez se había casado con una camarera del Mustang Ranch. Se había ti-ra-do a la mujer de Conforte. Desconozco en qué orden. Vivía en una casa rodante. Se lo cargaron a las seis de la mañana. (Siguiendo los designios establecidos por Shakespeare.) Joe Conforte está huido -¿puede uno estar huido?- de la justicia de EEUU. Vive en Brasil. ¿Qué habrá sido de la esposa del dueño del burdel? Tengo un cartel anunciando la pelea con Clay. Lo compré en un mercadillo de San Telmo. Es un souvenir de mi infancia.


lunes, 5 de octubre de 2009

-Un juguete roto.

-El boxeador tenía por mote El Intocable. Bajaba la guardia. Las manos sobre los muslos. O a las espaldas. Ofreciendo su cabeza. Los rivales no daban con ella. Los exponía al ridículo. Solían quedar como peleles. Como torpes atletas del desacompasamiento. No bailaba como Alí, aún siendo un peso welter. Se desplazaba poco. Sólo su cintura, su cabeza iba y venía huyendo de golpes que dejaban en el aire fugaces líneas cinéticas. Como en una viñeta de cómic. Acabo de volver a ver retazos de sus peleas en Youtube, y de comprobar que la mitificación continúa teniendo su irreprochable correspondencia con la realidad de aquel entonces. Fue campeón mundial. El doce de diciembre –el día que yo cumplía seis años- del ’68. Dicen que antes de la pelea se quedó dormido mientras le daban un masaje. Lo despertaron para subir a pelear. Después de nueve rounds, el rival japonés, desquiciado, desistió de seguir tirando zarpazos a la nada circundante. Defendió cinco o seis veces el título. Hasta que uno sí que encontró su cara. Su última pelea antes de retirarse fue una velada patética en un hotel de Bariloche –recuerdo haberla visto por la tele. Mientras él peleaba contra no sé quién -un paquete cómodo- la gente cenaba en mesas dispuestas alrededor del ring. Se hicieron chistes con las gotitas de sudor regando los platos de los comensales.
-Un juguete roto.
-No diría tanto.
-Un juguete roto, me encanta esa expresión.
-Nunca estuvo en la indigencia. Recuerdo una entrevista en la revista Goles. Vagamente. Tenía una mueblería. No se había convertido en un empresario más o menos exitoso. Eso sí. No tenía por qué, claro. La guita que había ganado la fue perdiendo en negocios volátiles. Más tarde leí que le habían asignado una subvención. No sé si vitalicia.
-Pues ya me dirás si eso no es un juguete roto.
-Recuerdo que se le entendía con mucho esfuerzo. Parecía como si jamás se quitara el protector bucal. Era de respuestas cortas. No creo que reflejo de una inteligencia corta. (¿Sus reflejos en el ring eran muestra de una cierta forma de inteligencia, o una inequívoca expresión instintiva?) Tenía fanáticos desatados. Otros lo criticaban porque le faltaba pegada. Porque interpretaba el boxeo de un modo “femenino”. Como si un torero utilizara el estoque sólo para rascarse la espalda. Evitaba las carnicerías. Chico Novarro incluyó un verso delicioso en una de sus canciones, una especie de tango más o menos moderno: Total esta noche, minga de yirar/que hoy pelea Loche en el Luna Park.
-Minga de yirar se podría traducir como paso de perder el tiempo por ahí.
-Algo así. Del gimnasio, cuando no le quedaba más remedio, entraba y salía arrastrando los pies. Nunca dejó de fumar. Murió en el 2005. Yo era fanático de El Intocable.
-Siempre te han gustado los juguetes rotos.
-Pesado.


viernes, 2 de octubre de 2009

-¿Más añicos pasados?

-No lo recuerdo con exactitud, pero todas las anécdotas ocurrieron entre los siete y los once años. Más o menos. Me estrellé contra la puerta de cristal. Se hizo añicos -los cristales no se rompen, se hacen añicos-. Mi cara no. Mi padre al otro lado, en la calle, puso cara de inevitabilidad. Todo porque corrí a abrirle la puerta, a recibirlo, y no pude frenar a tiempo. Rompí una enorme botella de aceite.  Llena. También la hice añicos. En el patio colindante al taller familiar de confección de pantalones en el que trabajaban mi madre y mi padre. Ella se mostró menos comprensiva que mi padre. No era de cristal -sino de cerámica, o material similar- la lámpara de pie que hice añicos al pretender cambiar de lugar, no recuerdo el motivo. Pero a efectos de este recuento de objetos desmenuzados en objetitos informes por mi torpeza o la de otros, cuenta como el cristal. Mi madre encarnando la imagen viva de la tragedia. Pegando ambos los pedacitos. La rearmamos y si no pretendías verla en detalle, apenas si se notaba que alguna vez la lámpara se había hecho añicos. Más cristal. Los sifones de soda, por aquél entonces, eran de cristal. Luego tuvieron una protección plástica o metálica. La chica que limpiaba, cargada de sábanas para colgar en la terraza, pasó junto al montón de sifones dispuestos ordenadamente en el descansillo de la escalera. La punta de una sábana tiró uno de los sifones que se hizo añicos escalones abajo. Explotó y un trozo de cristal viajó por el aire hasta morir sobre la mesa en la que yo dibujaba o escribía, mientras veía a ¿Ana? subir las escaleras. Mis reflejos me alejaron de la silla, de la mesa...  de la herida. Perdón por el remate exageradamente dramático.
-¿Más cristales?
-No recuerdo más cristales.
-¿Más añicos pasados?
-No por hoy.



jueves, 1 de octubre de 2009

-Y dejar las drogas, en serio te lo digo.

-Desaparecer.
-Sí, el suicidio es muuuy literario. Te pega todo el suicidio. Hablar, escribir acerca de él, romántico malditismo, blablablá...
-No entiendes. Desaparecer. Mezclarme con las cosas hasta hacerme invisible. Disolverme pero estar. Estar en todas partes.
-Dejar las drogas, ese debería ser tu cometido en la vida. No es muy literario, pero es que no quisiera que acabaras siucidándote.
-Estar donde no estoy. En todas las partes en las que no estoy. Ser todos los que no soy. Es un lastre tener mi historia, mi cara, mi pasado. Hacerme presente en todas y cada una de las... partículas exteriores a mí.
-Y dejar las drogas, en serio te lo digo.
-¿Cuándo me has visto drogarme, imbécil?
-Discreto si que eres.
-Lentamente. La lentitud es esencial. Pretender que se tiene toda la vida por delante es necesario. Reparar en cada minúscula situación. En cada cosita. Ser cabalmente consciente de cada paso que das.  Atento a los detalles. Todo son detalles. No hay más que detalles. Apreciar las posibilidades de ser un observador solemne. El matiz del matiz.  Las ventajas de una contraventana que no cierra. La luz que se filtra y te permite ver y no ver a un tiempo. Así durante el inexplicable, el inabarcable tiempo que sea necesario. Hasta desaparecer felizmente. Hasta conseguirlo por fin.
-Escribe, anda, escribe. Vuelvo más tarde.



miércoles, 30 de septiembre de 2009

-Empiezo a cansarme.

-Volver a nacer.
-Claro. ¿Quién no?
-Eso es lo que necesito.
-Empiezo a cansarme.
-Tener una experiencia fronteriza.
-Por favor.
-Un acontecimiento que me haga otro. Algo que modifique mi pasado y por tanto mi futuro.
-Perder la memoria, claro.
-Tener otra memoria.
-Si quieres te doy en la cabeza con una maza, como en los dibujitos animados. Pierdes la memoria y cuando hayas escrito algo que merezca la pena te doy otro mazazo y vuelves en ti.
-Yo también empiezo a cansarme, ¿vale?



martes, 29 de septiembre de 2009

-Hoy juega el Barça.

-¿Qué voy a querer?, lo que quieren todos los escritores que pretenden vérselas a cara descubierta con la literatura, con el mundo, con la poesía: nombrar las experiencias que todos conocemos, o creemos conocer, pero hacerlo de un modo desconocido, novedoso, propio.
-Ya. Ahora vas a derramar sobre mí el chiste del mundo interior, me lo veo venir.
-No volveré a repetirte que tengo un mundo interior, pero está dentro de alguien que no soy yo.
-Bravo. ¿Ya estás más tranquilo?
-Es una pretensión vana.
-¿Conseguir un estilo o que dejes de contarme tus pretenciosos cinco chistes de siempre?
-Oye: la amistad se cimenta sobre pilares menos sólidos de lo que
-Hoy juega el Barça.
-...
-¿En tu casa o en la mía?
-...
-¿En mis cuarenta y dos pulgadas o en tus veintiuna?
-¿Qué llevo?


lunes, 28 de septiembre de 2009

-No puedo dejar de escribir.

-No quiero ser un escritor.
-Estás consiguiendo tu objetivo.
-Pero me temo que la mejor manera de llegar a ser un escritor, es no pretendiéndolo.
-No sé si lo pretendes, pero lo intentas. Tú escribes.
-No puedo dejar de escribir.
-Bien. Entonces lo conseguirás. Es decir, no lo conseguirás.
-Eso es lo que quiero. Ser un escritor que no quiere serlo. Así lo seré.
-Que estos juegos de palabras no salgan de aquí. Por favor, hazte ese favor.


jueves, 24 de septiembre de 2009

¿Ya estábamos juntos?

-Lo conocí cuando aún estaba bien. Aunque ya se drogaba, todavía no había caído en las drogas. Era guapo y vital. Sexualmente muy activo. Insaciable. Era muy divertido. No podías estar con él y no reírte, no sonreir.  Tenías que quererlo. Yo, además, no pude evitar amarlo.
-¿Tus ex novios llevaban bien que les hablaras así de tus ex novios?
-Cuando lo dejé, y créeme que me costó casi toda mi salud hacerlo, creí que me tenía merecido el castigo que me sobrevendría por cometer el sacrilegio de alejarme de un ser cómo él. Una no puede blasfemarle así a la vida y quedar impune.
-Pues haberte quedado.
-Pensé en volver. Lo pensé durante mucho tiempo después de habernos separado.
-¿Ya estábamos juntos?
-¿Juntos?
-Por favor, no me pidas que te defina juntos.
-Ya nos conocíamos. Ya nos habíamos acostado unas cuantas veces. Creo que, incluso, ya nos habíamos decepcionado un poco. No sé desde cuándo estamos juntos.
-Ve.
-No, no tiene sentido. No tiene ningún sentido para mí. Ni para él.
-No me importa.
-Sí, te importa. Por eso te agradezco que finjas que no te importa.
-No tienes nada que agradecerme. Lo comprendo.
-Que descanse en paz.
-Vale, pero si quieres ir, darle el pésame a su ex, no sé, un rato.
-...


miércoles, 23 de septiembre de 2009

-Aprendo rápido.

-Estoy desencantado contigo.
-¿Desencantado?
-Sí.
-¿Dónde aprendiste esa palabra?
-Cuándo la aprendí, querrás decir.
-¿Cuándo?
-Cuando supe que no podría hacer nada por evitar aprender de ti cosas que no quiero saber, papá.
-Tan joven y ya desencantado.
-¿Tan joven? No creerás que este es mi primer desencantamiento, ¿no?
-No, claro.
-Aprendo rápido.
-De todos modos, te quiero.
-Yo también. Faltaría más.
-¿Faltaría más? ¿De dónde sacas esas expresiones?
-Mamá lo dice mucho. De ahí, supongo.


martes, 22 de septiembre de 2009

-Intenta dormir.

-¿Pero qué?
-No lo sé, algo.
-Pero...
-Si lo supiera no sería un presentimiento.
-Haz un esfuerzo, venga, es tarde.
-Tú también deberías estar preocupado.
-¿Por qué?
-¿Te lo tengo que repetir? También tiene que ver contigo.
-No te preocupes por mí: yo no tengo ningún presentimiento.
-No lo entiendes. Por eso puedes dormir.
-Estoy cansado, simplemente, por eso puedo.
-Algo va a pasar. Nos va a pasar.
-Tranquila, nada malo puede ocurrirnos.
-No rebatas lo que puedo presentir, porque ni yo lo sé.
-Intenta dormir.
-Mañana el presentimiento se revelará,  entonces sabremos cuán grave era para ti y para mí. Mañana lamentarás haber dormido mientras yo me helaba rodeada de mi presagio. ¿Qué harás con toda esa culpa mañana?
-Mañana no ocurrirá nada malo. Sólo que tendrás mucho sueño por haber dejado que te embaucara una idea estúpida.
-El estúpido, el desalmado, eres tú. Tal vez mañana seremos otra cosa, y lo único que haces al respecto es darme la espalda.
-Necesito dormir.
-Eres afortunado. Yo no sé qué certeza necesito para dejar de presentir.
-Inténtalo. Intenta dormir.
-¿Estarás aquí cuando despierte?
-No preguntes tonterías.
-¿Y yo, estaré cuando tú despiertes?
-Por favor, amor.
-¿Cómo puedes estar tan seguro de todo?
-...
-No sé cómo puedes.


lunes, 21 de septiembre de 2009

-Más allá.

-¿Y qué es aquello?
-¿Aquello? ¿A qué te refieres?
-A eso. Todo eso.
-No sé. ¿El mar, te refieres al mar? Eso es el mar.
-No, te pregunto por aquello. Más allá del mar.
-¿El horizonte?
-Más allá.
-No sé a qué te refieres. ¿El cielo?
-Más allá, mucho más allá.
-El universo.
-No. Más.
-¿La nada?
-¿La nada?
-¿Preguntas por lo que está más allá, más, y más allá?
-La nada, sí. No sigas. La nada está bien. Me gusta que se llame la nada.
-La nada entonces, hijo.
-Volvamos siempre a esta playa, papá.
-Claro.
-Nada.
-...
-¿Podemos cambiarle el nombre a la gata?
-...

viernes, 18 de septiembre de 2009

-Jamás antes leído en el metro.

-El vagón estaba semi vacío. O semi lleno, sí, antes de que lo digas.
-Ya no me dejas ni acotar.
-Todos íbamos sentados y quedaban asientos sin ocupar. La gente leía, pero de eso me di cuenta cuando el tipo del impermeable desfasado, el sombrero percudido y la antigua maletita de cuero marrón claro se levantó de su sitio y se sentó al lado del señor que estaba casi exactamente frente a mí, leyendo a Bradbury. Un hecho a todas luces excepcional: nadie lee a Bradbury en el metro.
-Osada afirmación, si me permites, que ya sé que no.
-El de la maleta le sonreía descaradamente al lector de Bradbury, quien tardó un instante en desconcentrarse y en mirar la sonrisa del hombre de la gabardina, quien hurgó en su maleta y extrajo un libro. El desconcertado Bradburyano vio esa acción de reojo, pero enfrentó su mirada al comprobar que el viejo  no dejaba de blandir un libro a esacasos centímetros de su cara, invitándole con descaro a que reparara en él. Yo también lo hice. Era una colección de cuentos de Arthur Machen, con la portada bastante maltratada por el uso. El hombre del sombrero hizo que Bradbury cogiera el libro de Machen. Lo consiguió sin emitir sonido. Comprendí enseguida que se lo estaba regalando, y que después de un ligero gesto que mezclaba amabilidad, agradecimiento y no puedo aceptarlo, Bradbury lo cogió. Entonces el viejo se levantó maleta en mano y fue a sentarse a la vera de la chica que leía a mi lado. Reparé en que la chica leía -no puede ser, pensé- a Cheever: Crónica de los Wapshot.
-Te extrañó sobremanera que una mujer leyera a John Cheever en el metro, claro.
-Sobremanera. La chica no había observado lo que acababa de ocurrir frente a sus ojos hacía un momento, con Bradbury. Eso, o disimuló muy bien. El del sombrero puso sonriente ante los ojos de la chica un ejemplar usado de Catedral, de Raymond Carver. La chica levantó la mirada de Cheever y la posó en Carver, y, enseguida, en el señor Maleta. Hay sonrisas que convencen a la primera, se sobreponen a todo, deshacen malentendidos, seducen hipnóticamente. La chica Cheever tenía ya en sus manitas una Catedral. El viejo de los libros pareció incorporarse con apremio. Se dirigió hacia la puerta donde, apoyado contra una de las hojas de la misma, un chico, un joven, leía Vidas minúsculas, de Alfred Polgar.
-Jamás antes leído en el metro.
-Leído en el metro algunos años atrás por mí. El tren comenzó a desacelerar, a entrar en la estación de La Latina. Cuando se abrieron las puertas, el chico, además del de Polgar, tenía otro libro en sus manos: La habitación del poeta, de Robert Walser, sin contraportada, me pareció. Cuando se cerraron las puertas, el viejo caminaba sonriente por el andén en dirección a vete a saber dónde. El señor Bradbury, la chica Cheever, el chico Polgar y yo, el Iletrado Imperdonable, lo seguimos con la mirada hasta que el túnel nos tragó otra vez. Te juro que así fue como ocurrieron las cosas. Tardé dos estaciones en darme cuenta de que también yo tenía que haberme bajado en La Latina.
-Muy bonita la historia.
-No sabes cuánto lamenté no llevar un libro en las manos.
 -Demasiado bonita.
-¿Qué me hubiera dejado el de la maleta si me hubiese visto con el Doctor Pasavento, de Vila-Matas, por ejemplo?



jueves, 17 de septiembre de 2009

-Hoy no te pillo.

-El bosque está lleno de lobos solitarios que no se hablan. Se dicen con las miradas que son lobos solitarios y que o comprendes lo que te está diciendo ese chispazo fugaz de su ojos, o ahí te quedas, lobo solitario de mierda.
-Alegóricos estamos.
-Cuando entres en el bosque y veas a los lobos mirarte, ya me cuentas.
-Hoy no te pillo.
-Hoy se cumple otro aniversario de tu no pillarme.
-Joder.
-Los lobos solitarios fundarán un subrepticio sindicato en el que agruparse en manadas de lobos que se ignoran. Pondrán la primera piedra en un claro oscurísmo del bosque. Allí podrán intercambiar sus miradas solitarias sin que nadie les sugiera que, en el fondo, necesitan encontrar a alguien a quien rendir su soledad para siempre.
-¿Te encuentras solo?
-...
-¿Te encuentras mal acompañado?
-...
-¿Buscas loba?
-...

miércoles, 16 de septiembre de 2009

-A veces se nota que no hay método.

-¿Cómo lo haces?
-No hay método. Me siento y empiezo.
-A veces se nota que no hay método.
-Bien.
-A veces no se nota demasiado, lo que no quiere decir que me guste.
-Te comprendo. Ahora, por ejemplo, se puede apreciar que estoy tanteando, como caminando en penumbras: quiero encontrar el camino, y al mismo tiempo, procuro no golpearme la cabeza contra algún escollo.  Dura unas cuantas líneas.
-Se nota, sí.
-Lo notas porque acabo de decírtelo, si no, no te enterarías.
-No subestimes mi capacidad de ver la telaraña casi imperceptible en la que entretejes lo que escribes.
-Lo de telaraña casi imperceptible, perdona que te lo diga, es...
-Claro, pero si se te hubiera ocurrido a ti y lo leyera en tu blog, te inquietaría un poco que no te dijera que me ha gustado.
-Puede ser.
-...
-Poco futuro parece tener este diálogo.
-Tira de método. Ah, claro, que no tienes.
-Monólogos. Se me dan bien. Debería probar con los monólogos.
-Cabrón.

martes, 15 de septiembre de 2009

-Ningún tipo.

-¿Vosotras qué erais?
-No hable en pasado, por favor.
-¿Amigas?
-Compañeras de habitación.
-Sólo durante el verano.
-Sí. Este verano, y el anterior.
-¿Dormíais solas?
-Sí, las dos, aquí.
-¿Las reconoces?
-Sí.
-¿Eran suyas?
-Tiene un sujetador a juego.
-¿También lo llevaba puesto?
-Siempre va con la ropa interior a juego.
-¿Qué más sabes de ella?
-…
-¿No salíais juntas?
-A veces.
-¿Anoche?
-No.
-¿Habías discutido?
-¿Qué? No. No discutimos. ¿Por qué íbamos a discutir?
-No sé, las amigas discuten, a veces.
-Nosotras no.
-Ajá.
-No éramos amigas.
-Pero teníais bastante intimidad. Todas las noches. El verano pasado. Este.
-Trabajamos aquí, en el mismo hotel. Éramos compañeras de trabajo. Compañeras de habitación.
-¿Íbais a la playa por la noche?
-A veces.
-¿Dórmíais allí?
-¿Dormir? No.
-¿Dormíais juntas aquí?
-¿Juntas?
-Sí, juntas.
-Compartíamos esta habitación. Esa es su cama. Esta, la mía.
-¿Tenía novio, tu amiga?
-No.
-¿Novia?
-No. No lo sé.
-¿Y tú?
-¿Yo qué?
-¿Tienes algún tipo de pareja?
-Ningún tipo.
-¿Tenéis amigas entre las otras animadoras del hotel?
-Yo no.
-¿Y ella?
-Ella es más… abierta.
-¿Te molesta que ella sea más abierta?
-Me da igual. No somos amigas.
-No te vayas muy lejos, ¿vale?
-Trabajo aquí. No me iré hasta que acabe el verano.
-No te molesto más, por hoy.
-¿Cree que la encontrarán?
-¿Viva?
-Sí.
-¿Estás segura de que llevaba el sujetador a juego?
-Segurísima.
-No te molesto más.

jueves, 10 de septiembre de 2009

-Esas cosas no se piden.

-Es la sexta vez que lo hacemos, y nada.
-Tienen otro tempo.
-Pues mi tempo es oro.
-Nosotros los tíos parcializamos, pero la totalidad es más que la suma de las partes.
-Ella parte y reparte y después de seis veces sigue quedándose con la mejor parte, sigue sin darme esa parte que tanto le gusta a esa parte de mí que necesita que una parte de la relación se base en que ella le haga eso a mis partes.
-¿No pones en práctica estos juegos de palabras cuando estáis en la cama, no?
-¿Cómo se te ocurre?
-Ni se te ocurra. Los tíos somos más pornográficos. La pornografía se basa en el primer plano, en dejar fuera de plano el resto. La pornografía huye de la totalidad. Como tú.
-Haces que suene como algo malo.
-No me hagas caso, es que leí algo así hace unos días, no sé dónde. Lo que tienes que hacer es obligarla con sutileza.
-El problema es que me lo paso tan bien cuando lo hacemos, que me doy cuenta de que no me ha hecho lo que quiero que me haga cuando está saliendo por la puerta.
-¿Has probado a pedírselo sin tapujos?
-Ya me conoces: No sé hacer nada sin tapujos.
-A lo mejor está pidiéndote a gritos que se lo pidas a gritos.
-Esas cosas no se piden.
-Pues entonces espera a que ocurra, simplemente.
-Mi paciencia tiene un límite.
-¿Y cómo vas a plantearle un ultimátum si te lo pasas tan bien, si tienes tapujos, si no quieres pedírselo a gritos?
-Tengo que empezar a sufrir más y a disfrutar menos.
-Eso suele forzar las situaciones, sí.
-Lo percibirá. No querrá perderme. Finalmente, lo hará.
-Sí, ponerla entre la espada y la pared suele funcionar.
-También puede ocurrir que si la pongo entre la espada y la pared, elija pared.
-El amor es riesgo.
-¿Amor? Cuando finalmente me lo haga, empezaremos a hablar de amor. Por ahora, esto es sexo. Puro y duro.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

-Escalofríos.

-Lo comprendí anoche. Después de cinco años de convivencia, imprevistamente, lo comprendí anoche: En lo que me resta de vida, no volveré a acostarme con otra mujer que no sea ella.
-…
-Escalofríos.
-¿De alegría?
-…

martes, 8 de septiembre de 2009

-Te abandonó en el mar.

-Me dijo que hacer el amor requiere un gran esfuerzo físico.
-¿Eso te dijo?
-Le contesté que todo amor es físico.
-Bien dicho. Y un poco químico, también.
-Espera. Siguió. Me dijo que hacer el amor conmigo era como torear de salón.
-Huy, ¿te lo aclaró o te abandonó a la deriva en el mar de las múltiples interpretaciones?
-Tómatelo cómo quieras, me dijo.
-Te abandonó en el mar.
-Sí.
-Esperaba más de ella, la verdad.
-Yo también.

viernes, 4 de septiembre de 2009

-No lo lamentes.

-Llegó la hora.
-…
-Vamos a ir en coche. Será una media hora de viaje. Te dejaremos en un sitio resguardado. Tendrás que esperar una hora, aproximadamente, para que vayan a recogerte. Te quitaremos la venda de los ojos. Te dejaremos los pies y las manos libres, pero no te muevas del sitio. Les daremos las señas exactas para que te recojan ahí.
-Tranquilo: no lo echaré a perder.
-Lamentamos mucho que se haya estirado más de lo previsto.
-No lo lamentes.
-Esperamos que, dentro de todo, te hayas encontrado a
-Pareces un gerente de hotel.
-…
-¿Has sonreído?
-Tienes razón. Parezco el gerente de un hotel.
-¿Juan vendrá con nosotros en el coche?
-Sí.
-¿Me hablará por fin?
-No lo sé.
-¿Ya tenéis el dinero del rescate, no?
-Claro.
-¿Os cambiará la vida?
-Para siempre.
-A Juan no sé, pero a ti seguirá faltándote algo.
-Por supuesto. Pero también me sobrará algo.
-Menos mal que dijiste esa frase tan pero que tan práctica. Nuestra última charla estaba cogiendo un caminito de lo más cursi.
-…
-Me gusta cuando intuyo que sonríes.
-¿Vamos?
-Vamos.
-…
-Cuando me desatéis las manos y los pies, por favor…
-…
-…hazlo tú.

jueves, 3 de septiembre de 2009

-Nunca estuve en Estocolmo.

-¿Sabes de dónde viene lo de Síndrome de Estocolmo?
-Sí, unos rehenes en un atraco a un banco de Estocolmo. Tres mujeres y un hombre. Estuvieron cinco días. Cuando todo acabó, se
-Claro, cómo no vas a saberlo. Eres un profesional.
-Lo soy, sí.
-Nunca estuve en Estocolmo.
-Eres joven.
-¿Dónde estamos?
-¿Qué?
-¿En qué ciudad?
-No me preguntes eso.
-¿Qué importa que me entere de que estamos en tal o cuál sitio?
-Todo importa.
-¿Cuántos días llevo aquí?
-Por favor, Elena.
-¿Estás casado?
-No lo estás haciendo bien.
-Tú tampoco. Y eso que no dejo de recordarte lo que deberías hacerme. Eres un carcelero lamentable.
-Todo acabará muy pronto.
-No te confundas conmigo.
-No me confundo. Te comprendo.
-No me comprendas, tampoco. No sé si aquí, entre nosotros, está entrando a jugar algún síndrome. Pero el de Estocolmo, ni lo sueñes.
-Lo sé. No te preocupes.
-No me preocupo. Preocúpate tú si sientes que en esta habitación crees haber encontrado algo que te faltaba.
-Soy un profesional. No temas.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

-Estás muy delgada.

-Sí, he dormido bien. Es lo que quieres oír, ¿no?
-Te lo pregunto porque me intereso sinceramente.
-Crees que teniendo una actitud atenta conmigo, tu alma va a redimirte de haberme hecho esto.
-No es eso, Elena. Sé que está mal.
-No, no crees que esté mal.
-Sí, lo creo. También lo cree tu familia. Por eso nos dedicamos a esto. Quitarle temporalmente la libertad a una persona funciona.
-No sabes si será temporalmente.
-Todo saldrá bien. Sabes que el error cometido al principio de todo esto ha sido que contactaran con la policía. Ahora se necesita algo más de tiempo.
-Sí, ya lo sé. No haces más que repetirme que todo saldrá bien, que se necesita tiempo, que no puedes darme tu mano. Sabes que hay días que no me importa ponerme en tu lugar. Pero hay otros en los que me da igual qué clase de hombre seas.
-Lo comprendo. Te portas muy bien.
-No me hables como a una hija, imbécil.
-Lo siento.
-Tú no sientes nada. No sientes piedad. No eres desalmado. Sólo ejecutas tu parte.
-Te trato lo mejor que las circunstancias me
-Chorradas.
-Juan ya no viene. Te afectaba muchísimo que mi compañero no hablara cuando entraba aquí. Bien, pues yo… Para mí es un esfuerzo. Mis horarios se han trastocado.
-Me da igual que vengas tú, o Juan, o nadie. No esperes que te agradezca tu gesto humanitario. Sigo necesitando que me acaricies y tú sigues trayéndome comida y agua, como has hecho desde el primer día.
-Por favor, no empieces otra vez. No me pidas cosas que no puedo darte.
-Llévate las cosas. Quiero dormir.
-Deberías comer un poco más.
-Y tú deberías irte a la mierda.
-Estás muy delgada.
-Gilipollas.

martes, 1 de septiembre de 2009

-No retires los platos aún.

-¿Eres Juan?
-…
-¿Te llamas Juan? Eso me ha dicho Raúl. Es lo único que me ha dicho de ti.
-…
-Ninguno de los dos os llamáis como decís, ¿no?
-…
-No deberíais preveniros tanto contra mí. Aunque os viera la cara, supiera vuestros nombres reales, vuestros apellidos, conociera vuestras biografías… No te estoy pidiendo que me quites la venda, que me desates, que me dejes llamar a mis padres. Juan, o como te llames, oye. Háblame. Dime hola. Dime Elena.
-…
-No retires los platos aún.
-…
-No hables, si no quieres. Pero no te vayas todavía. Escúchame. No cierres. Dile a Raúl que venga. Dile que no volveré a pedirle que me toque. He reflexionado. Lo comprendo. Ya no necesito nada. Está bien así. Me basta con la comida. El agua. ¡No! No cierres. Dile a alguien que venga. No es necesario que hable. No hace falta que me toque la cara. No me importa quedarme aquí hasta que se acabe todo esto. En serio. Podéis estar aquí conmigo. Todo el tiempo. Confiad. Yo nunca sabré nada de vosotros dos.

lunes, 31 de agosto de 2009

-Hazme algo.

-Lo necesito. Tu compañero no me habla. Nunca me ha hablado.
-Es reservado y tiene miedo de hacer algo mal.
-No sé hasta cuándo estaré aquí.
-Tampoco nosotros lo sabemos. No es que no queramos decírtelo. Ya hablamos de esto.
-Sí, y me da igual el tiempo que falte. Ya te lo dije. Pero lo necesito.
-Después de los malentendidos de la primera semana, las cosas parecen haberse reconducido. Muy pronto est
-No importa. Estaré aquí el tiempo necesario. Sólo te ruego que
-No vuelvas a pedírmelo.
-Hazme algo.
-No puedo. Tengo una vida. Pretendo ser un profesional, como mi compañero.
-No te pido que me quites la venda, que enciendas la luz, que me desates las manos. Me da igual todo eso. Me quedaré quieta. Tienes que verlo como una medida terapéutica.
-No hago esas cosas. Menos a una niña como tú.
-¿Otra vez?
-Me da igual que tengas diecinueve. Ya sé que tienes diecinueve. Pero yo no soy así.
-¿Por qué tenéis tanto miedo? Os aseguro que no es una estratagema. Lo necesito. No me juzgues mal. Me da igual que me juzgues mal, pero no soy una enferma. No sabía que esto pudiera pasarme alguna vez. No sabía que lo llevaría razonablemente bien después de tantos días. Todo es excepcional. A nadie preparan para esto. Una no sabe lo que debe sentir. Yo no sabía que pudiera tener una necesidad como la que tengo. Además del agua, de la comida.
-Lo siento. Tranquilízate. Todos esperamos que esto acabe pronto.
-No lo veas como algo sexual. Por favor.
-Vendré en una hora a retirarte la comida.
-Y a atarme las manos otra vez.
-Lo siento.
-Por favor.
-…
-¿Crees que es agradable sentir esto? No disfruto. Padezco. Me siento culpable.
-Lo siento mucho.
-Haz algo, entonces.
-Volveré en una hora. Come. Descansa.


jueves, 27 de agosto de 2009

-Tranquila.

-Decir que ver eso, vivirlo, cambió mi concepción de las vacaciones sería una estupidez. Ni en broma, vamos. En realidad cambió mi concepción del mar. De la belleza. Me descubrió qué clase de persona soy. Mejor dicho, me descubrió que no soy la que creía ser. Aunque tampoco sé cómo soy ahora. Tal vez sé cómo seré.
-Tranquila.
-Estoy tranquila, siempre estuve tranquila. Mientras estaba ocurriendo estaba tranquila. Quizá sólo un poco inquieta porque alguien, algún supuesto buen samaritano, lo estropeara todo. Hubiera sido una verdadera pena, un desastre, que alguien, al intentar socorrerla la hubiera convertido en una ahogada más. Había muy poca gente en la playa y en el agua parecía que estábamos ella y yo. Solas. Supongo que se produjo algún extraño efecto que nos metió a ambas en esa burbuja. Lejos, seguramente, había más gente desparramada por el agua.
-¿Ella te vio?
-No, no lo creo, no sé. En cualquier caso, no estaba pendiente de nada. No luchaba. No se enfrentó a nada. Había un oleaje que no hubiera podido con ella si hubiese opuesto un mínimo de resistencia. Creo que por un momento, justo antes de que se tumbara sobre la superficie del mar, creí que era posible intentar algo, seducirla, conseguirla. Sabes que tengo cierta facilidad para ello. Pero comprendí, sobreponiéndome a mi patético instinto, que tampoco yo podía convertirla en un simple ligue. Tampoco yo debía salvarla. Se alejó lentamente. Estaba desnuda. Por lo menos de cintura para arriba lo estaba. Seguramente lo estaba por completo: para ejecutar tal cometido una se mete sin ropa.
-Seguro.
-Estuve allí durante muchos minutos. Mucho tiempo después de haberla perdido ya de vista. Muerta de frío. En el agua había reflejos del color de las rosas que te gustan.
-Burdeos.
-Sí, ese color que no es exactamente burdeos. Centelleaba el agua como si estuviera salpicada de pétalos con luz propia. Pétalos cambiantes, que parecían amenazar con derretirse y volvían sin embargo a conformarse, a hacerme creer que realmente eran pétalos y no un efecto de la luz. El sol desapareciendo. Temblando, entonces, fui hasta mi toalla. Me envolví en ella. Volví caminando lentamente al hotel. Sin sentir nada parecido a la culpa por no haber hecho nada. Por no haber movido un pelo. Me tumbé en la cama envuelta en la toalla y estuve despierta hasta la madrugada. Sin hambre de nada. Al otro día me levanté con su rostro en mi cabeza. Pensando en que jamás volveré a ver una escena tan bella como la de la tarde anterior en el mar. Pensando en qué se puede hacer para vivir con esa certeza.
-...
-Tranquila, hermanita.


miércoles, 26 de agosto de 2009

-Me gusta conducir por las ciudades.

-Y sin entender ni papa de inglés.
-¿Me está hablando en serio?
-Y tan en serio. Durante diez años. Las calles de Londres no tienen secretos para mi.
-¿Es verdad que les hacen hacer un curso?
-¿Usted tiene estudios?
-Pero no acabé la carrera.
-Acabar la carrera, extraña expresión para escuchar en un taxi. O todo lo contrario de extraña, ¿no?
-Sí...
-Pues yo estuve tres años, tres años estudiando para que me dieran la licencia de taxista en Londres. Prácticamente lo que es una carrera universitaria. Cada tarde de cada día. Aquí cualquiera lleva un taxi, pero en Inglaterra...
-No tiene nada de acento inglés.
-Ya le dije que no hablaba ni papa.
-¿Y cuándo volvió a España?
-Después de mi paso por Stuttgart.
-¿Estuvo viviendo en Alemania?
-¿Conoce Stuttgart?
-No.
-Es una ciudad muy interesante. Allí prima lo alemán.
-...
-Doce años estuve.
-¿A qué se dedicó?
-Taxi, taxi. Yo siempre he sido taxista.
-Es increíble.
-Me gusta conducir por las ciudades.
-Pero... ¿Qué edad tiene usted?
-Cuarenta. Recién cumplidos.
-Entonces, tiene que haber empezado muy joven. Diez años en Londres
-Más los tres de estudios.
-Y doce en Alemania. No me cuadran las cuentas. Se tuvo que haber ido de Madrid con
-Hay que saber aprovechar el tiempo. Esa, fíjese, es la gran enseñanza oriental que aprendí en Tokio. Para ellos el tiempo pasa de otra manera, no sé, le dan importancia a las cosas que verdade
-¿También vivió en Tokio?
-Allí coger el taxi es carísimo. Pero como hay tanta gente. Yo nunce he visto tanta gente metida en una ciu
-¿Cuántos años estuvo trabajando de taxista en Tokio?
-¿Conoce Tokio?
-No, no.
-Aquello es otra cultura. Nueve años. Es muy duro, porque al ser otra cultura. Ellos son más ancestrales, no como nosotros.
-¿Y... cuándo ha vuelto finalmente a Madrid, entonces?
-Soy un recién llegado, como si dijéramos. Esta ciudad ha cambiado muchísimo desde que me fui. Añooo... setenta y seis. Parece mentira.
-¿Setenta y seis?
-Setenta y seis.
-Pero entonces...
-Ahí va.
-¿Qué pasa?
-Que me he perdido. Pero no se preocupe, paro el reloj. ¿Usted no se ubica?
-Pues...
-Joder, esta ciudad parece otra.

lunes, 24 de agosto de 2009

-Se está imaginando la escena.

-Pretendían darme uno de esos masajes modernos.
-Con barro...
-Con vino, con chocolate. Qué vulgaridad. Hace meses que un hombre no me pone la mano encima. Y una mujer. He olvidado la última vez que una mujer me puso la mano encima. Mucho menos untada de algo.
-En sus memorias dice que Ava Gad
-Esa fue la penúltima vez.
-Ah.
-Se lo expliqué amablemente al tipejo del hotel -puedo ser muy amable si me empeño: soy una grande de las escena-, uno de esos relaciones públicas que no saben hablar, no saben sonreír, no saben seducir, y viven convencidos de que saben hacer todo eso.
-Seducir es un arte. Lo he aprendido viendo sus películas.
-¿Viéndome mí o a mis galanes?
-Eh...
-Ustedes los jóvenes, no saben afrontar las repreguntas. Le dije al idiota que pasaba de que me masajearan, hombre o mujer, con o sin vino en las manos.
-¿Le insinuó su bisexualidad al tipo del hotel?
-Soy demasiado mayor para insinuarle algo a palurdos sin encanto. Le dije claramente que si tenía algún ejemplar masculino o femenino que ofrecerme debía cumplir dos condiciones: no ser ni demasiado joven ni demasiado pagado de sí mismo: los jóvenes no saben hacerlo, imagínese si, además, son pagados de sí mismo.
-...
-Se está imaginando la escena.
-No, no.
-A las pocas horas el imbécil del hotel me dio la sorpresa del verano. Se presentó con una preciosa muchacha que rondaba los treinta y cinco, y con un joven no tan joven que seguramente ya no cumplía los cuarenta.
-...
-¿Quiere beber algo?
-No, no.
-Hoy mi secretaria no vendrá. No ha acertado con el día. Usted.
-No, no importa. Es decir, no me hubiera importado saludarla, pero
-Le falta imaginación, joven. La imaginación es necesaria para prever y prevenirse del futuro.
-...
-Olvídese de lo que acaba de oír, no es más que una frase enigmática sin sentido alguno y dicha a destiempo.
-No crea.
-El tipejo del hotel pretendía glosarme las virtudes de cada una de sus ofertas. Para que eligiera. Le pedí amablemente que se fuera. Cuando cerré la puerta en sus narices iba a recitarme los precios, las tarifas. Cuesta creerlo. La elegancia es una condición del alma.
-Página 46 de sus memorias.
-...
-...
-Deje de mover las manos. Hay que aprender a convivir con los silencios. El silencio es el compañero que a todos nos espera.
-Página 102, y lleva usted razón.
-Hacían una bellísima pareja. Después de todo, el tipejo había dado en el clavo, si me permite la expresión.
-Sólo era incompetente en la forma, no en el fondo.
-¿A usted le gusta mirar?
-¿Mirar?
-Sí, mirar.
-Me gusta, sí, me gusta mucho mirar.
-A mí también. Hay ocasiones en las que una debe limitarse a mirar.
-...
-Ella no, pero él había visto alguna de mis películas. Lo noté ni bien comenzó a desnudarla. Y no me pregunte en qué lo noté, por favor joven, no me lo pregunte.

jueves, 20 de agosto de 2009

-No juegues sucio: Coelho es una excepción.

-La horda de las gordas.
-¿Cómo te puede gustar esa mierda?
-¿La has visto?
-No. Ni la veré.
-Yo no tengo tus prejuicios. Es la ventaja de no ser un intelectual. Que puedes ir al cine a ver La horda de las gordas sin ocultarte tras unas gafas negras.
-No voy porque es machista, es misógina, es
-¿La has visto?
-...
-Yo puedo criticar lo que escribes porque lo he leído.
-Yo no he leído a Paulo Coelho y puedo afirmar que no me gusta.
-No juegues sucio: Coelho es una excepción.
-La misma razón por la que no vas a ver pelis como La horda de las gordas, es la que hace que te resistas a llevar bermudas.
-¿Has bebido?
-No, pero sabes que lo hago, que no me importa mostrarme borracho en público. Tú, con esos aires que te das, con esa imagen que mantener, no te permites permitirte hacer esas cosas, si me permites que te lo diga.
-El de los juegos de palabras soy yo.
-Sí, yo soy el que se parte la caja con La horda de las gordas. No sabes lo que te pierdes.

miércoles, 19 de agosto de 2009

-Yo no soy el niño que tú crees.

-Yo no soy el niño que tú crees.
-¿Eso le dijiste?
-Sí.
-¿Y él cómo reaccionó?
-Aceptó que eso pudiera ser posible. Es un buen padre.
-¿Cuántos años tenías entonces?
-Diez años. Algo más de diez años.
-¿Lo recuerdas?
-Perfectamente. La charla ha ocurrido hace diez días. Algo más de diez días.

-Yo lo guardo todo: tickets, folletos, bolsas de papel para vomitar en los aviones.

-Se me olvidan, se me olvidan casi por completo, por eso tengo que escribir lo que el viaje me ha dictado. Frases sueltas, algún cuentito, diálogos.
-Yo lo guardo todo: tickets, folletos, bolsas de papel para vomitar en los aviones.
-Tengo un amigo que dibuja o pinta lo que va viendo. Lo mandas a Lisboa, y cuando vuelve y miras sus acuarelas, confirmas que ha estado en una ciudad que tal vez conozcas pero en la que tú no has estado.
-Ya. Has estado en Lisboa, pero no en la de los dibujos de tu amigo.
-Yo escribo cosas. No suelen hacer mención directa al lugar, a la calle, al barrio, a la anécdota, al callejón donde nos resguardamos de la lluvia. Si tú lees el cuentito de las animadoras, por ejemplo
-No lo he leído.
-Aún no lo he escrito. Cuando lo leas, no necesariamente deducirás que está sugerido por mi estancia en un hotel de Tenerife. Si lees lo de la chica que tocaba el saxo, puede que aciertes al afirmar que la acción transcurre en Estocolmo, de donde hemos vuelto hace unos días. Pero puede que no.
-Que no escribes un diario de viaje, quieres decir.
-Quiero decir que uno viaja para dejar alguna forma de constancia de que, a unos cuantos kilómetros, le han ocurrido las mismas cosas que podía haber vivido sin salir de casa. Para viajar hay que perderse. Y yo en casa me extravío todos los días.
-Pero viajar es maravilloso. Incluso fuera de tu casa.
-Ya lo creo. A uno le ocurren muchas cosas que se le ocurren.

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