miércoles, 19 de enero de 2011

-Volverá a verla.


Reconozco el hecho de que volveré a ver a Ingrid.
Igmar Bergman

-De un momento para otro. De un momento de vida, para otro momento de muerte. Es así como nacen los fantasmas. El parto, estrictamente, -es decir, sin contar los preliminares, la gestación que es la propia vida, desde que nacemos, desde que nacen nuestros antepasados- ocurre en un chispazo de segundo. Había vida y ahora hay fantasma. Le gusta pensar eso al viejo. Le gusta pensar que es así de simplemente como ocurren las cosas. Necesita creerse esa teoría. Su mujer, la mujer de su vida, murió hace hoy exactamente un año. Y sabe desde aquél día, cuantos días, meses, han pasado, han ido pasando, desde su muerte. Ahora, ahora mismo, sentado en el sofá, iluminado por libros más o menos tristes, solo pero no más solo que nunca, se repite la querida idea de la muerte y el fantasma.
-Volverá a verla.
-Tiene esa seguridad. Es feliz porque su desgracia está matizada por su querido ayer, y por su certero mañana.
-Cuando él se transforme en fantasma.
-Recuerda cada día los mensajes, las llamadas, en que decía a su amor las ganas que tenía de volver a verla. Sabiendo que, si la muerte no le estafaba la vida cualquier tarde, el reencuentro ocurriría dentro de unas pocas horas, minutos.

sábado, 15 de enero de 2011

-Salió del hotel temiendo ser seguido.

-Salió del hotel temiendo ser seguido.
-No tenía motivos para sentir lo que sentía, puesto que su única perseguidora posible dormía como un tronco en la cama que habían compartido durante horas.
-Se trataba de un sentimiento paranóico del que el hombre era plenamente consciente: estaba acostumbrado a sentir lo que sentía.
-Se metió en el taxi y pidió ir hasta el otro hotel, donde, presumía, lo estaba esperando la otra.
-La otra transformaría en la otra a la que acababa de dejar en la cama. Esa mujer haría que su paranoia se volatilizara con el aliento del primer beso.
-Mañana por la mañana ya vería a qué nuevo hotel se dirigía. Acompañado de ya se sabe qué sentimiento. Dejando desnuda, durmiendo, a la nueva ex mujer de su pasado reciente.
-A la mañana siguiente, salió del hotel temiendo ser seguida.
-No tenía motivos para sentir lo que sentía, puesto que su único perseguidor posible dormía como un tronco en la cama que habían compartido durante horas.
-Se trataba de un sentimiento paranóico del que la mujer era plenamente consciente: estaba acostumbrada a sentir lo que sentía.
-Se metió en el taxi y pidió ir hasta el otro hotel, donde, presumía, lo estaba esperando el otro.
-El otro transformaría en el otro al que acababa de dejar en la cama. Ese hombre haría que su paranoia se volatilizara con el aliento del primer beso.
-Mañana por la mañana ya vería a qué nuevo hotel se dirigía. Acompañada de ya se sabe qué sentimiento. Dejando desnudo, durmiendo, al nuevo ex hombre de su pasado reciente.
-Salió del hotel temiendo ser seguido.

miércoles, 12 de enero de 2011

-Buenos Aires.


Si querés escucharé a la BBC
aunque quieras que lo hagamos de noche.
Y si quieres darme un beso alguna vez
es posible que me suba a tu coche.
Pero no bombardéen Buenos Aires.

Charly García


-Calor. Lo primero que les dicen al llegar al aeropuerto, después de doce horas de vuelo y, tal vez, una de esperar las maletas (las cintas transportadores tienen otra forma de medir el tiempo, son como extraños relojes imprevisibles) fue que tal vez no llegaran al centro con el coche. Había huelga de nafta, de surtidores de nafta. El chófer confiaba en que llegarían, pero la dueña del coche no lo tenía tan claro. Enseguida se les informó que estaban sufriendo imprevistos cortes de luz. ¿Quiénes? Algunos. Todos. Cualquiera. Al final llegaron, después de cargar nafta en una estación de servicio que, no le pregunten por qué, vendía el preciado combustible. También tuvieron que atravesar, previo pago, claro, dos peajes. Él leyó una indicación en el listado de tarifas que llamó su atención. Durante las horas pico (en España, horas punta), te cobran treinta centavos más. Se lo comentó al chófer. Sí, le respondió.  La cola para atravesar el segundo peaje se alarga (no sólo las cintas transportadoras manejan el tiempo con estilo particular) y el chófer comenta que la gente está tranquila. Enseguida agrega que si todos se ponen a hacer sonar las bocinas, levantan las barreras y dejan pasar a todo el mundo sin pagar.  Hay una ley que sentencia que un conductor no puede esperar más de cierto tiempo (él no recuerda cuánto, pero eran minutos, y no eran muchos) para abonar y entonces atravesar un peaje (la bocina contra el manejo arbitrario del tiempo de uno). Él es argentino, aún así, y tan sólo dos años más tarde de la última visita, hay cosas que le siguen resultando extrañas hasta la carcajada. Llegaron al hotel e hicieron el primer amor. Salieron a la calle que siempre suele ser Corrientes. Con las horas de más y de menos ralentizándoles y acelerándoles la marcha. Y no tardan en comprarse el primero de los veinticinco libros que se traerán a Madrid. La consabida pizza de rúcula en Los Inmortales fue el primer manjar en caer. No, el primero fue una deliciosa ensalada rusa, que ella llamó ensaladilla, porque es española (Extrañamente, a la comida china, los chinos la llaman simplemente comida. Les Luthiers). La mayonesa (con ese toquecito a limón), que ambos llamaron mayonesa diferenciándose sólo en el énfasis con que pronuncian la ye, antes conocida como y griega, la forma de cortar las patatas, las zanahorias, no sé, riquísima. Al amigo de él, P, siempre le falto un tornillo (¿a quién no?) ahora, además, le falta un diente. Dura un rato la conmoción, pero se va camino de las risas que les siembra el pasado. Cenaron en una parrilla de la calle Corrientes a la que no era la primera vez que la pareja viajera entraba. Seguramente la próxima vez que se vean se reirán de cuando aquélla noche el camarero creyó por un momento (y el viajero argentino también) que podría quedarse con ochenta pesos de propina por un “gracias” que malinterpretó o bieninterpretó, según se vea, en el momento de pagar. Finalmente, el camarero (en Argentina, mozo) se decidió a traerles el vuelto. Se quedó con casi treinta pesos de propina. A estas alturas, la pareja ya podía concluir que el precio de la comida había subido mucho y que el de los libros se mantenía, más o menos, como hacía dos años. Todos rieron mucho esa noche.
-¿A qué viene esta parrafada?
-Buenos Aires.
-...

sábado, 25 de diciembre de 2010

¿Entre vosotros?

-Le conté que había soñado con ella. Me creyó. Siempre creía mis mentiras.
-Tú creías que ella te las creía.
-Sí. Luego, cuando despertó, supe que era ella quien me había hecho creer que llevaba horas despierta.
-Bueno, a veces tú creías que te mentía. Y, a veces, no lo hacía.
-Era puntualmente sincera.
-Y tú puntualmente descreído. Sólo que en los momentos equivocados: le creías las mentiras y descreías de sus verdades.
-Esos malentendidos siempre dejaron claro lo que había entre nosotros.
-Y también entre nosotros.
-¿Entre vosotros?
-¿Nunca te lo contó?
-Sí, lo hizo. Pero no le creí.

domingo, 19 de diciembre de 2010

-El delfín justifica los medios.

-La posesión va por dentro.
-Papilla sixtina.
-Ahogar, dulce ahogar.
-Terapia de choped.
-Paladar y tomar.
-Emboca, cerrada.
-El Titanic no vió el hice ver.
-Ama de casa detenida por posesión de estupperfacientes.
-No espejo volver a verme.
-Órden de alojamiento.
-Nómadas lo que necesito.
-Falsa molestia.
-¿Estupras o trabajas?
-Hospedería que me hicierais un favor.
-Berlanga y después morir.
-Oveja preñada por lechal un polvo.
-En cuanto a la reproducción, no ha gonada.
-Comienzo a ser consciente de la ley de la grave edad.
-Curva serrada.
-Se fue sin despiadarse de mí.
-El delfín justifica los medios.

martes, 14 de diciembre de 2010

¿Ya?

-El nieto no llegaba a los dos años. El abuelo ya no cumplía los ochenta. Subieron con dficultad el alto escalón del tren, que la vejez y la primera infancia tornaron en altísimo. Sentó al niño -alzándolo con esfuerzo- en uno de los dos asientos contiguos. El abuelo se sentó a su lado. Le suspiró una sonrisa. El pequeño miró por la ventana. Miró a su abuelo y volvió a mirar por la ventana. Al aproximarse a la siguiente estación, el anciano se puso en pie. Esperó hasta que el tren se detuvo por completo. Ayudó al nieto a bajar de su asiento. Ya habían descendido cuatro o cinco viajeros, y comenzaban a subir otros dos o tres, cuando el abuelo y el nieto, trabajosamente, conseguían aterrizar en el andén. Una chica, desde arriba, les tendió una mano que ya no necesitaban. El abuelo -de aspecto joven, pero tal vez de interior maltrecho- le agradeció el gesto con un leve gesto de su mano y una sonrisa. El tren arrancó y ellos, lentamente, se encaminaron andén abajo. O arriba. La chica se sentó en el asiento que ocupara el abuelo. Nadie se sentó a su lado. Miró por la ventana. Todo el rato.
-¿Ya?
-Ya.

lunes, 6 de diciembre de 2010

-Esta vez no.

-Me llamó desde Nueva York como si aún la siguiera queriendo. Colgamos y no fue capaz de comprender que no era así. Que había dejado de ser así desde mucho tiempo antes de que se hubiera ido. Antes, incluso, de que me hubiera dejado. Me resultó extraño comprender que seguía comportándose como entonces. Tal vez porque esperaba que el tiempo la hubiera cambiado. Aunque fuera a peor. Pero seguía haciendo esas cosas. Continuaba comportándose como si los hechos, las conductas, los nuevos caminos que habían tomado su vida y las de las personas -los personajes- que se incluían en su radio de influencia no hubieran sido registrados por ella. No hubiesen hecho ningún tipo de mella en su inconmovible y desquiciante manera de ser.
-Siempre fue una mujer de convicciones fuertes.
-Y vacuas.
-Vacuas y fuertes. Eso, quieras que no, hacía de ella una mujer especial.
-Lo que hacía de ella una mujer especial es que hubiera pretendido huir de mi vida llevándose a mi hija. Era de esperar que después de cinco años llamara una tarde como si nada.
-¿Por qué hablamos de ella en tiempo pasado si es en este presente que vive en Nueva York junto a tu hija?
-Porque el pasado es algo que está ocurriendo.
-Bueno, piensa sólo en tu hija, en que dentro de una semana volverás a verla.
-Mi hija es la preparación del desembarco de su madre.
-Si tan bien la conoces por qué has dejado que las cosas llegaran tan lejos. Por qué no la dejaste cuando debiste haberla dejado. Antes de que se apropiara de ti. Antes de que se apropiara de tu hija. De su regreso.
-No te alcanzará la vida para agradecerme que se haya apropiado de mí. Eras su segunda opción.
-Era su primera opción, pero yo no dejé que se apropiara de mí.
-Después de la avanzadilla de mi hija, ella volverá a embadurnar esta casa. Será tu oportunidad.
-El pasado es algo que ocurrió. No cuentes conmigo.
-Dirá que finalmente lo ha comprendido todo. Que está dispuesta a cambiarme los años pasados por los años por venir. Se comportará como si tuviera nuevamente veinticinco años y todo estuviera por hacerse. Por hacerse bien. Como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotros. Conseguirá tenderme la trampa. Tenderme la cama. Acabará suplicándome que volvamos a hacerlo. 
-Ya sabes lo que debes hacer. Y sabes que debes hacerlo solo.
-Sabe cómo hacerme creer que me hará feliz. Sé que sigue sabiendo cómo hacerlo.
-Pero esta vez no le darás ocasión, ¿verdad?
-Esta vez no. 
-Deberás ser fuerte y olvidar que tu hija estará durmiendo arriba.
-Esta vez no.
-...
-Esta vez no.
-Y por nada del mundo me dejes echarte una mano.

domingo, 21 de noviembre de 2010

-Durante unas pocas horas nocturnas.

-Las había de bronce, de mármol, de escayola. Algunas estaban completas. Había también restos. Partes. Se podía ver el polvo del ajetreo del día asentándose. Había que mirar fijamente la nada, pero se podía.
-...
-Se quedó encerrado ocho o nueve horas, pero sólo se sintió así durante la primera. Acabó rezando para que no amaneciera. 
-No te entiendo.  
-Cogió el llamador de bronce de la puerta pensando en el resto de cuerpo de bronce. Era una de esas manos que al cogerlas y golpearlas contra la puerta generan un extraño encadenamiento con tu mano. Sientes una especie de poder. Es tu mano, pero no es tu mano quien llama para que le abran. ¿Era la mano de un hombre o la de una mujer? ¿A qué otra puerta llama la otra mano de bronce del cuerpo de bronce del que se desgajó esta mano? Golpeó la puerta con el llamador de bronce con tal cuidado de no dañar la mano, que apenas si produjo algún sonido dentro de la casa.
-¿Por qué hablas de ti en tercera persona?
-¿Hago eso?
-Sí.
-Llamé muy tenuemente a tu puerta.
-Desde luego, no me enteré que habías llamado. Sólo una vez.
-Me fui, incapaz de volver a llamar a la puerta con la mano de bronce.
-Pues te estaba esperando. Me había cambiado. No tenía demasiadas esperanzas de poder trazar juntos una historia. Aunque fuera la historia común de unas cuantas horas nocturnas.
-Ni siquiera fue eso.
-No. Y eso que me había arreglado especialmente. Aunque no tan especialmente como para que hubieras notado que me había arreglado espcialmente para ti, claro.
-Claro.
-Pero ni siquiera pudiste alcanzar a presentir que tal vez me había arreglado especialmente para ti.
-No. Tienes una mano demasiado bonita como para que lo nuestro fuera posible ni tan siquiera durante... ¿cómo dijiste?
-Unas pocas horas nocturnas.
-Eso. Tienes una mano demasiado bonita que no quise dañar. Imagina que me hubiese quedado con tu mano de bronce en mi mano.
-Eres extraño.
-Eso dicen. En mi casa tengo un timbre de lo más vulgar...
-Creo que debo colgar.
-Aquella noche comprendí que no hay nada más suave y esponjoso que algunas partes de algunas estatuas.
-Yo podría haberme quedado muy quieta, quizás.
-¿Sigue entrando esa luz por la claraboya de tu escalera?
-Supongo que sí. Voy a colgar.
-No lo hagas.
-...
-Cuelgo yo primero.
-Como quieras.
-Me da escalofríos oír ese sonido.
-Eres muy extraño. Aún para mí.
-Ese sonido final.
-...


sábado, 13 de noviembre de 2010

-No importa, le contesté, yo soy psicoanalista de río.

-Cuando la rubia irrumpió en mi despacho me sentí como en la primera página de una novela negra.
-Lo primero que dijo la rubia fue que era rubia de bote.
-No importa, le contesté, yo soy psicoanalista de río.
-La rubia miró al psicoanalista sin ocultar que no había acabado de comprender su respuesta. Enseguida se quitó el abrigo, debajo del cual había una rubia de bote casi completamente desnuda.
-Si no fuera por sus medias y sus zapatos, diría yo que es usted una rubia de bote completamente desnuda, dijo el psicoanalista sin quitar ojo al triangulito rubio de bote.
-Ella dijo que hacía esas cosas. No podía evitarlo. Y no pudo dejar de encogerse levemente de hombros, ni de sentarse frente al psicoanalista como si no lo tuviera delante. Como si lo tuviera detrás.
-El facultativo -agota escribir psicoanalista tan seguido-, es decir yo, al ver el movimiento ejecutado por la mujer antes de sentarse, deseé haber estado -también- detras de ella. Delante y detrás. Desdoblarme. Ser dos. Es usted una mujer inabarcable por un sólo hombre, le solté antes de arrepentirme de haberlo hecho. Me sentí un pobre hombre al acabar de confesar que tal vez si hubiera sido dos... Pero me sentí, qué coño.
-Ella dijo que causaba esos efectos. También le dijo que él era muy bueno haciendo su trabajo. Y  también que era muy bueno ocultando su erección.
-Son años ejerciendo mi vocación, dije, y me creí de lo más ingenioso. 
-Preguntó si creía que podía hacer algo por ella, por esa conducta que, quieras que no, le complicaba la vida.
-Soy un simple detective del inconsciente, de los malos, además, le dije poniendo la más triste de mis sonrisas.
-Ella hizo suspirar a sus pechos antes de decir que se lo tomaría como un sí. La rubia, acto seguido,  puso de pie a su triangulito.
-Disculpe que no me levante.
-Toda ella dijo algo así como "Muy bueno, sí señor", o "Fui poemo, ruiseñor", o vaya el investigador psíquico a saber qué dijo la rubia de bote mientras se envolvía con el abrigo con una gracia que ya quisieran para sí las decenas de visones necesarios para fabricarlo.
-La espermo mañana. 
-La rubia creyó haber escuchado "espermo", pero enseguida comprendió que era imposible que ese hombrecillo hubiera emitido semejante expresión de deseos (pensó expresión de deseos porque desconocía la expresión acto fallido, pero, para el caso, ambas expresiones son sinónimos). Le dió la espalda como si esperara que se la devolviera y se dirigió a la puerta.
-Se va usted de un modo que no podré perdonarme en toda la noche, le dije.
-Ella no se volvió para echar una última mirada al tipo. Ni para cerrar el diálogo con una frase de ésas. Ni para preguntarle quién era el Freud de la foto. Ni para nada.
-Me quedé escuchando el sonido del ascensor. Sé perfectamente cuándo sube y cuándo baja. Estuve toda la madrugada sin poder moverme de mi silla. Oyendo cómo subía y cómo bajaba. Extrañado, sin querer desentrañar del todo cómo era posible que aquéllos engranajes sisearan como medias femeninas desvelando finamente unos muslos que jamás acabarán de desnudarse por completo.

lunes, 8 de noviembre de 2010

-Otra.

-Encaró el largo pasillo, admirándose de la extraña sensación de atravesar la puerta sin abrirla. Avanzó lentamente, tocando las paredes lisas a ambos lados de su regreso. La madera del suelo no chirriaba y lamentó encontrarse en ese estado que no supo más que definir como gaseoso. Qué gaseoso. Sonrió la mitad de su boca. Allí, delante, había tenues almohadones de luz provenientes del patio interior. Miró hacia esa habitación, donde tantas veces había dormido la madre. Y el hijo. Siguió avanzando hasta llegar al segundo algodón de claridad. El escritorio. El ordenador. Los papeles que nunca en décadas había conseguido domar. El cuento sin comenzar. La novela sin acabar. Sonrió la otra mitad. Esta vez, de miedo. Olió la cocina sin olor. La sartén sin fregar. A punto estuvo de abrir la nevera. Llegó al salón. El sofá negrísimo. Los libros subiendose por las paredes. La mesita de mármol negra. El recuerdo de cómo ella y él la hicieron llegar hasta allí. Un pequeño pasillo al final del cual, a la derecha, el baño, a la izquierda el dormitorio (el amatorio). Obvió el baño. Las rayitas blancas subrayadas por los intersticios de las maderas de la persiana le recuerdan cuando abría los ojos a causa del amanecer, y las paredes, las sábanas, los cuerpos, dibujaban trazos impredecibles. (Piensa en la persiana herrumbrosa. Enseguida cree que no se le puede asignar herrumbre a la madera de la persiana. Pero el clima sí puede ser herrumbroso, como su pensamiento, que no le sugiere más que herrumbre para designarlo todo.) La gata mira -él sabe que sorprendida- como el hombre se ha adelantado, ha llegado antes de tiempo. (Piensa en la expresión antes de tiempo y le parece una redundancia, una falacia y una tontería.) Había muerto ayer, y, a saber por qué, la gata no lo esperaba hasta mañana. Los gatos llevan lutos que la muerte no comprende.
-Otra.
-No, la misma gata.
-Otra de fantasmas, digo.
-¿Fantasmas? No sé por qué lo dices.

viernes, 29 de octubre de 2010

-Y sin embargo.

-Vestía ropa de zorrita. Tenía la boquita húmeda de lascivia. Te miraba como una niñita que supiera sacarte lo que quisiera de los adentros más inaccesibles. Y sabía. Andaba con ese contoneo hecho de sutilísimos saltitos que no llegaban a ser del todo saltitos. Su cuerpo era forma y consistencia perfectamente equilibradas, es decir, llevadas exactamente hasta el límite, al milímetro, al gramo previo al desbordamiento total, a la catástrofe humanitaria. Todo lo tenía ceñido, estrecho, pequeñito, para jugar a que no podrías pasar por allí. Y también tú podías. En cuanto te acercabas, eso que parecía un casi inapreciable puntito nego se transformaba en un túnel negro en el que ennegrecerse por completo. Hacía el amor como, no hacía el amor, follaba como si acabara de aprender, como si aún llevara la L, como una alumna que quisiera impresionarte. Si preferías instalarte en lo tibio se encargaba de no sobrepasar los 30º. Pero también, si lo preferías -si ella hacía que lo prefirieras- podías pasar de lo glacial a la temperatura adecuada para malear el acero sin estaciones intermedias. Toda ella invitaba al diminutivo soez, promiscuo, bajo, golfo, despectivo, vulgar. Era la mujer que ninguna madre querría para su hija. Ni yo querría para mí. Nunca rompió un plato, sólo los ensuciaba. Y ese modo aterrador de entristecerme que tenían sus ojitos pidiéndome que no me ponga triste. Era la mejor de las peores. Me sacaba de quicio.
-Y sin embargo.
-¡Dios, cuánto la quise!
-Y qué mal.

sábado, 23 de octubre de 2010

-Sigue.

-Era la casa. Lo supe cuando salí para no volver. Comprendí que durante los previos meses de inercia, ella había desplegado una actividad frenética. Ya había comenzado mi mudanza. Lo supe después. Era la casa la que comenzaba a echarme. Sigue.
-No los habitantes de la casa. No ella. Ni yo. Ella, un encanto. Un encanto sibilino pero un encanto. Yo, un mueble bello. Bello de ver y de utilizar. Como el sofá que se hace favorito. Yo era su sofá favorito. Algo de lo que no quieres desprenderte. Tenía para ella un valor sentimental. Y semental. Fue la casa. Ni ella ni yo, ni el niño que llegó. Sigue.
-Cuánto quería yo a ese pequeño. Lo quise antes de ser pequeño. Creo que aún hoy que ha cumplido ya los cincuenta, lo sigo queriendo. Lo quiero más. Porque hay recuerdos que se hacen querer más intensamente cuando ya nada puedes hacer por ellos. No fue el niño, ni el adolescente. La que me echó fue la casa. A él, la última vez que lo vi fue de un modo fugaz, como una ráfaga de jean frente a la puerta de nuestro dormitorio, no dejándose enmarcar por el vano de la puerta. Ya se sabe, la típica rebeldia adolescente. Sigue.
-Su última carta la recibí hace diez años. Llena de rencor. Mantenía -y tal vez sea digno de elogio- aquél rencor juvenil que sigue dando de comer a mi recuerdo. Cuánto quise a aquel niño. Se notaba, en las letras, en las frases, en la caligrafía y hasta en la ortografía. Se percibía, aún ciego, que aquel niño aquel joven ese hombre vivió y vive convencido de que no fue la casa la que me echó de la casa. Él cree creer que de algún modo inconsciente o mágico, ha sido quien me echó. Sigue.
-Los años de deambular por la isla -tan cerca y tan lejos a un tiempo de la casa que me vió nacer, que vió nacer el amor y vio nacer a mi hijo- fueron terribles algunas noches y bellos algunas tardes. No tenía las llaves de la casa y eso, para bien o para mal, me liberaba de todo bien pero también de todo mal. Aprendí a vivir sin mi casa. Sigue.
-Sigue tú. Odio trabajar en equipo.
-Ella, ella, hay que decir que ella nunca me olvidó. Que es decir bien poco de ella y de mí.  
-¿Ella es la casa o es ella?
-No has querido seguir, no hagas preguntas.
-Sigo.
-Sigue.
-La isla sigue siendo una isla preciosa, aunque sólo las horas de los días que la niebla tiene a bien levantar los párpados. Se cree y no se cree que la casa permanece en pie y sus antiguos moradores son más antiguos cada minuto que pasa, cada recuerdo que se demora, cada vendaval que arrasa. Puedo verlos desde aquí atravesar, fugaces y lentos a un tiempo, el marco de las ventanas de la habitación, del salón, de las noches. Puedo verlos, pero evito hacerlo. Sigue.


domingo, 17 de octubre de 2010

-Eiti.

-Nombre.
-Eiti.
-Apellido.
-Leda.
-¿A qué se dedica?
-Esa pregunta es de cuestionario.
-No menosprecie mi trabajo.
-Con su pregunta está menospreciando el mío. Mi labor.
-Puede negarse a responder. Este no es un interrogstorio personal. Las respuestas, o la falta de respuestas, no tendrán consecuencias para usted. Ni para mí.
-Es usted quien menosprecia su trabajo, entonces.
-Tampoco es necesario que se esfuerce por resultar original o ingeniosa cada vez que abra la boca.
-Sólo intento comprender qué sentido tiene perder mi tiempo hablando aquí con usted.
-Desconozco el sentido que tiene para usted, para mí no es más que un trabajo que debo acabar antes de las cinco.
-Hago labores difusas. Influyo subrepticiamente. Convenzo de continuar o de abandonar. En algún sentido, realizo una acción creativa. Pongo en marcha. Desatasco. Promuevo esperanzas o suicidios. Nada demasiado reseñable.
-¿Es una especie de agente?
-Si un microbio portador de un virus es un agente, si un policía es un agente, si un disuelvemanchas es un agente, si una droga es un agente, si la acción erosionadora del pasado es un agente, tal vez usted pudiera encuadrarme en ese término.
-Pondré agente.
-Hace usted bien.
-Doy por descontado que su sexo es femenino.
-Sí, demos por descontado mi sexo.
-Pondré femenino.
-Póngase femenino.
-Su... perfil... necesito simplificar sus respuestas.
-Comprendo que eso sea un desafío para usted. Pero puede mentir. Si necesita hacerlo, puede mentir. Puede poner mujer de mediana edad con estudios universitarios complexión mediana y cosas por el estilo. Acabaremos antes, y usted acabará mejor.
-Es usted extraña.
-Ponga de extraña complexión mediana, entonces. O de edad extraña. Con extraños estudios extrañamente universitarios. En cualquier caso, acertará.
-¿Sus... padres viven?
-Presupone que tuve o tengo padres. Eso es mucho presuponer.
-Si hay algo que presupone no presuponer es preguntar si sus padres viven.
-Ése es el problema.
-¿En qué sentido sus padres son el problema?
-El problema que usted tiene renglones, casilleros, líneas punteadas, campos a definir. Y yo tengo una naturaleza esquiva, transparente. Usted tiene un boli, y yo tengo vaho.
-Mire, vamos a dejarlo aquí, que no puedo con tanta baja poesía. Usted se cree demasiado especial.
-Lo soy. ¿Cómo se sentiría usted si pudiera estar tecleando este diálogo desde la cabeza -por señalar un lugar geográficamente ubicable, un puntito perseguible por gps- de un tipo que no se cree nada especial, nada reseñable, un personajillo destinado a un olvido sin medallas, sin estatuas, sin discursos?
-¿Es usted una musa?
-¿Por quién me ha tomado?
-Mire, déjelo.
-Sí, voy a dejarlo, sólo cinco líneas más. Mientras guarda todo en su maletín me gustaría teclearle que, en ocasiones, hago el amor a lo Panenka.
-¿Cómo es eso?
-¿Usted no es muy futbolero, verdad?
-No.
-Ya veo.

domingo, 10 de octubre de 2010

-Todos menos él.

-Hay gente que se hace querer.
-Él no era de ésos.
-No, pero tampoco era de los otros.
-Tal vez por eso en su funeral todos los deudos eran deudos de la niebla.
-Menos nosotros, que carecemos de misterios.
-Sí, supongo que todos pensaron que nos habíamos equivocado de cadáver.
-Todos menos él.
-Habrá disfrutado de la escena.
-Tal vez ahora que ha muerto comience a disfrutar de la vida.
-A su áspero modo, creo que disfrutó de la vida.
-Nunca le escuché decir la palabra vida en vida.
-Pero tampoco se moría por matar sus ganas de pronunciar la palabra muerte.
-Era de pocas grandes palabras.
-Nunca una palabra de más.
-Ni de menos.
-Era un hombre de acción.
-Bien lo saben quienes lo sufrieron.
-Benedetti escribió que un torturador no se redime suicidándose, pero algo es algo.
-A él le hubiera gustado esa frase para su epitafio.
-No se ofendía cuando le gritaban que no tenía corazón.
-Sabía lo que la gente quería decir.
-Quería decir que sólo tenía un músculo.
-Era lo que los cabrones sin corazón llaman un verdadero cabrón sin corazón.
-En cierto modo, era un hombre sencillo.
-Un hombre de una pieza.
-Era un verdadero hijo de puta.
-...
-Qué miedo, ¿no?
-Sí, aterroriza haberlo conocido tan bien.

lunes, 4 de octubre de 2010

-Eres estupendo reivindicando el cine mudo.

-¿Desde cuándo?
-No me hagas preguntas estúpidas.
-La pregunta viene en el guión de tu despecho. Y parece que quieres atenerte a él.
-Parecía una película, sí.
-No sólo te pedí perdón, también pagué mi deuda.
-¿Pagaste tu deuda? Si esa frase viene en el guión, el guión es una mierda.
-...
-Lo recuerdo como una de esas aborrecibles películas que tanto te gusta ir anticipando. Ahora vuelve antes del trabajo. Ahora quiere presentarse por sorpresa en su casa. Ahora
-Ya vale.
-el no la escuchará entrar. Ahora avanzará extrañada en dirección a los jadeos. Verás como ahora ella los encuentra en la cama matrimonial, y la amante está encima de él, a horcaj
-¿A qué viene esto ahora?
-No hay nada como enfrentarte a un buen documental para que no sepas qué coño hacer con el guioncito que tan bien te estudiaste.
-...
-Eres estupendo reivindicando el cine mudo.
-¿Qué más tengo que hacer para que me perdones?
-No lo sé. Olvidémonos de lo que otros han escrito para que nosotros lo interpretemos.
-Me parece bien, amor.
-Improvisemos.
-Eso, eso: quememos el guión.
-Quemémoslo. 
-Dejémonos llevar.
-Vale.
-...
-Pero ya sabes que aborrezco el cine experimental.
-...
-Lo primero que tendrás que aceptar es que sólo me desnudaré por exigencias del guión.
-Pero, acabas de decirme que ya no tenemos guión.
-Eso es. Busquémonos entre las cenizas.
-...


miércoles, 22 de septiembre de 2010

-Si tú lo dices...

-Hay gente a la que no quiero volver a ver. Nada tiene que ver con el odio. Mucho menos con el despecho. Más bien con el miedo. Quizás con el miedo. Con un temor que proviene de mí y vuelve a mí. Vuelve en forma de mí. Vuelve con mi cara y con mis manos. Vuelve con el ánimo de hacerme lo que les hice. O lo que dejé de hacerles. Miedo inversamente proporcional -¿o es exponencial?- al tiempo pasado.
-¿Al tiempo pasado desde cuándo?
-Al tiempo pasado desde que los vi por última vez. Cuanto más tiempo hace que los he dejado de ver, más temor siento de volver a verlos.
-Exponencial, entonces.
-Si tú lo dices.
-Las mujeres que no quieres volver a ver te han olvidado. Los niños que recuerdas han crecido. Ese que eras ha sido sepultado por este que eres.
-Ellas, ellos, yo, siguen teniendo la edad que tenían. Lo único que ha crecido es el dolor del recuerdo.
-Tranquilo, los fantasmas no se dejan ver.
-Me gusta la frase. Si es que es una ironía.
-Lo que es irónico es que un tipo tan necesitado de fantasmas como tú, tema volver a encontrarse con ellos.
-Eso es paradógico.
-Y también irónico.
-Si tú lo dices...
-Lo digo porque lo sé.
-Si tú lo sabes...
-Te conozco bien.
-Sí, papá.
-Te conozco muy bien. Sobre todo desde que dejamos de vernos.

lunes, 20 de septiembre de 2010

-La asociación libre es lo que tiene.

-Todo tiene su tiempo. Viene en la biblia, en el ADN de los relojeros, y en el de las mujeres del tiempo a las que se les ha pasado su cuarto de hora.
-¿Biblia en minúscula y adn en mayúscula?
-Tengo un dealer que cree proveerme de inspiración y, a veces, de talento.
-Hay que tenerlos cuadrados para dibujar según qué circunferencias. Ándate con cuidado.
-Juega tú los juegos que no se juegan con fuego.
-Ayer vi un programa sobre Praga. Qué grande es la distancia entre el haber estado y el verlo por la tele. Ya lo decían los existencialistas
-¿Todos a un tiempo?
-Sabe más acerca de París alguien que haya estado allí un minuto, que quien haya dedicado su vida entera a estudiar París sin haber estado nunca.
-¿Sabes algo más acerca del existencialismo? Lo digo porque es lo mismo que has escrito hace unos días en lo que, con un poco de suerte y un mucho del dealer, tal vez acabe siendo tu próxima novela.
-Sabina rima Praga con naufraga. En fin.
-Sabina es un grande. Seguro que tenemos el mismo dealer. 
-¿Y Calamaro?
-Hace buenas canciones pop. Ahora, como tetrista...
-Letrista, querrás decir.
-Eso. El teclado de mi Mac tiene razones que mi Macorazón no comprende.
-Vamos a dejarlo acá, que se le está haciendo tarde a la neurona.
-La asociación libre es lo que tiene.
-¿Y el nombre de tu dealer?
-Cheever, Cheever, Cheever.
-Rima con dealer.
-El inconsciente tiene razones que la razón no comprende.
-¿A quién llamas inconsciente?
-Espera a leer los comentarios, espera.

 

jueves, 16 de septiembre de 2010

-Uno quiere hacer un listado.

-Uno quiere escribir libros no escritos.
-Uno quiere amar por primera y última vez a una mujer nunca amada ni dejada jamás de amar.
-Uno quiere que su hijo sea libre para todo menos para librarse de uno.
-Uno quiere enmudecer a este y a todos los estadios con un gol de irrefutable belleza.
-Uno quiere tener un amigo insobornable, inclaudicable, íntegro, interminable.
-Uno quiere desconocer los secretos de lo importante.
-Uno quiere saber aparcarle en dos maniobras la tristeza a la gente que quiere.
-Uno quiere confiarse a la niebla.
-Uno quiere hacerlo mejor.
-Uno quiere saber querer.
-Uno quiere que ella tenga motivos para quedarse.
-Uno quiere hacer un listado.
-Uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias.
-Uno quiere que la mejor de las líneas precedentes no sea la de Discépolo.
-Uno sabe que no es posible.

lunes, 13 de septiembre de 2010

-Están hablando de nosotros.

-Oye, oye...
-¿Qué?
-Shhh... los vecinos.
-...
-Están hablando de nosotros.
-...
-...
-Se oye todo.
-Habla bajito.
-Es increíble. Estas paredes.
-La risita de él es
-Es un imbécil.
-...
-... 
-¿El miércoles?
-¿Qué?
-Ella ha dicho que nos han oído, el miércoles.
-¿El miércoles?
-Nos han oído mientras... shhh...
-Y nosotros a ellos.
-Sí, se escucha todo.
-Bueno, tampoco tie
-¿El miércoles?
-...
-Ayer, sí. Ayer jueves. Pero el miércoles...
-¿Qué?
-Que el miércoles yo viajé a Barcelona. Por lo de la serie.
-Sí.
-No estuve aquí. Llegué tarde. Cenamos fuera. No hicimos nada.
-No.
-...
-¿Y qué?
-Que ella dice que el miércoles nos escuchó mientras
-¿Ella dice?
-...
-¿Y qué importa lo que ella diga?
-No, ya.
-Ella puede decir lo que le salga
-Shhh... que te oye.
-Tiene cojones.
-Tranqui.
-Lo que nos faltaba.
-Tranqui.
-Hasta mañana.
-...
-¿De qué coño se rien?
-Te van a oir.
-Imbéciles.

 

miércoles, 8 de septiembre de 2010

-¿Podrás?

-Por la mañana, ella se asustó levemente al comprobar que la puerta de la habitación estaba cerrada. Le preguntó si la había cerrado de madrugada.
-Él le dijo que no.
-¿Quién ha cerrado la puerta de nuestra habitación durante la noche?
-¿La gata?
-Mírala, está aquí dentro, es imposible. Sabes lo que cuesta cerrar esta puerta. La fuerza que hay que hacer.
-Una corriente de aire.
-Todas las ventanas están cerradas. De todos modos, si se hubiera cerrado de un portazo, lo habríamos oído.
-No sé. Yo no he sido.
-Ni yo.
-Ábrele a la gata.
-No, ábrele tú.
-Él se levantó sonriente y ella no supo de su escalofrío.
-¿Podrás?
-¿Si podré abrir la puerta?
-Sí. ¿Podrás?
-Cómo no voy a poder abrir la puerta.
-Él la abrió haciendo un pequeño esfuezo, empujándola después de haber bajado la manija. Admite de viva voz que es algo difícil de abrir y de cerrar.
-La gata sale rápidamente de la habitación, rumbo a la cocina dónde tiene comida, agua y su batea de arena.
-Ellos, ahora deberían ir también a la cocina a preparar el desayuno, pero se demoran en el cuarto de baño que tienen en su habitación, aseándose, comentando lo bien que se ha dormido anoche, por fin, después de tantas noches de calor. Entran y salen alternativamente del cuarto de baño sin mirar hacia el salón semioscuro tras la puerta, y siendo conscientes de que no miran hacia el salón que deben cruzar para llegar a la cocina donde seguramente está bebiendo y comiendo la gata.
-¿Cómo se llamaba?
-¿Quién?
-La mujer. 
-¿Qué mujer?
-La hermana.
-...
-La hermana de la señora que nos vendió el piso.
-Él sonríe antes de decirle que nunca tardaron tanto en ir a preparar el desayuno. No sé.
-Su nombre está en la dedicatodria del libro ese.
-Pues míralo.
-El libro que estaba en la casa. El que le dedicaron en los años cuarenta.
-Sí, sé de que libro hablas. Míralo.
-Está en la biblioteca.
-Míralo.
-En el salón.
-Sal y miralo.
-Voy a ducharme.
-¿Antes de desayunar?
-Creo que se llamaba Julia.
-Hoy llegamos tarde.
-La luz.
-¿Qué?
-Está amaneciendo más tarde. Cada día.
-Sí.
-¿Nos duchamos?
-Hoy hay que comprarle comida a la gata. Ya casi no le queda.
-Esta tarde.
-Dejan la puerta del cuarto de baño entreabierta. La pareja se mete en la ducha. Ella comenta lo bien que se está allí, bajo el agua caliente.
-Él le responde que sí.
-Dan ganas de quedarse aquí.
-Él vuelve a responder que sí.
-Sí, amor.


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